sábado, octubre 11, 2008

EL GUARNERI DE GESÚ . CAPITULO VI




Kiev, 9 de octubre de 1941

Estimada Familia,
Me hallo en Kiev, la bella capital de Ucrania, ahora en guerra.

Hace ya meses que resido en una linda casita a las afueras de la ciudad, pues así evitamos el conflicto. He conocido a un mozo español que se halla en la ciudad por motivos laborales.

Nos hemos unido en matrimonio y su carácter protector me da calor cuando tengo frío. He detenido mi trayectoria como concertista a causa de la guerra, pero me ofrecieron una alta cantidad de dinero por realizar dos conciertos extraordinarios por la paz en la Catedral de San Andrés y en la Iglesia de Santa Sofía .

Sin nada más que decir me despido.

Espero que nos reencontremos algún día.


Llegué a Ucrania solo con la dirección de la casa en la que ella residió.

Ahora había descubierto que su hija, mi madre, no nació en Ucrania sino en Budapest ya que su padre no era Juan, mi difunto abuelo, sino Pietro di Constança.

Me alojé en una pequeña pensión situada en el primer piso de un edificio viejo del casco antiguo de la ciudad. Dormía en la última habitación de un laberíntico pasillo.

Al caer la noche y colocada dentro de una fría cama y tiritando de frío, sentí una fuerte morriña. Echaba de menos el dulce calor del hogar junto a mi familia. Ahora ya no importaban las pequeñas discusiones cotidianas o las interminables charlas de mis padres, solo podía recordar los abrazos, las conversaciones agradables...

Me levanté de la cama, me vestí y salí a pasear por calles solitarias. El olor del frío me envolvía y el cielo, estrellado, sellaba mi llanto interno. Caminando, encontré una cabina y llamé a casa.

Respondió mi hermano y al oír su voz deseé no haberme marchado nunca pero una larga conversación con mi padre me ayudó a valorar lo que en mi trayecto había vivido.

Sin decirlo explícitamente, aplaudió mi valor ante la toma de la arriesgada decisión de partir. La plática con mi madre fue la esperada, me preguntó si comía bien, si tenía dinero, etc. Me hizo prometerle que si en un mes no hallaba respuestas a mi búsqueda, debía regresar a casa.

Después de la llamada anduve hacia la pensión, en la que pude descansar plácidamente durante horas. Al día siguiente, me dirigí hacia la dirección indicada hallando allí un montón de ruinas y ningún indicio que me sirviera para seguir buscando.

Días después, recibí una llamada de uno de los amigos de Isabel Petrov y quería hacerme una entrevista para un pequeño diario local. Era un chico joven de ojos azulados y cabello anaranjado. Me invitó a cenar en un peculiar restaurante oriental.

El menú, compuesto por delicias de cerdo agridulce, rollitos de primavera y arroz con algas marinas, estaba acompañado por una curiosa sopa de setas chinas.

Yo, ignorante de las tradiciones orientales y bien enseñada por mi familia, comencé por engullir cucharada a cucharada el endulzado caldo. Me sorprendió que ni el chico que me acompañaba ni ninguna de las personas que había en el restaurante, comiese la sopa.

Todos la sorbían lentamente y en pocas cantidades entre plato y plato. De repente comencé a ver como los muebles cobraban vida, todo se había tornado color rosa.

Todo el mundo me observaba y reía pero yo no sentía vergüenza, sentía felicidad. Cuando me levanté para dirigirme al baño, mis pies se separaron de mis piernas, andaban solos hacia el cuarto de aseo dejándome en medio de la sala e imposibilitando mi movimiento.

En seguida, acudió Alexander, el periodista pelirrojo y, sujetándome la mano me acompañó hasta mi hostal, me ayudó a cambiarme de ropa y a acostarme. Estuvo hablando conmigo y me explicó que la sopa que apresuradamente había ingerido era de setas alucinógenas y que solo debía tomarla en pequeñas cantidades ya que era digestiva.

Por fin comprendía el porqué de mi inesperada reacción. La verdad es que disfruté mucho y sentí flotar mi cuerpo. Después de muchas risas Álex se marchÓ y acordamos posponer la charla.

Dormí más de treinta y seis horas seguidas y cuando desperté encontré en mi mesilla de noche el teléfono de Alexander, le llamé y fijamos una cita en un restaurante español, para evitar imprevistos.

La comida fue distendida y muy divertida. Le relaté la historia de mi vida y de esto, él escribió un artículo que pasó a ser portada y, además, obtuvo un gran éxito.

Gracias a la publicación se me convidó a tocar en la Catedral de San Andrés, el mismo lugar donde Marta realizó un concierto de paz. Me alojaron en el mejor hotel de la ciudad y fijaron la fecha del concierto en dos semanas. Debía ensayar día y noche para preparar el concierto de mi vida.

Mi programa se basaba en dos piezas únicamente: la Elegía de Faurée y la Pavana, también de Faurée.

La habitación del hotel se convirtió en mi sala de estudio. Llevaba días sin tocar y recuperar el ritmo me costó mucho.

Alexander me acompañó en los momentos más duros anteriores al concierto. Los nervios, los llantos y el dolor de estómago se convirtieron en mis aliados, el chico estuvo a mi lado en las risas y en las lágrimas, las horas anteriores a la actuación fueron las peores.

De buena mañana, me levanté para ensayar el programa una vez más y, aunque los profesionales aconsejan no tocar ese mismo día, a mí me resultó de gran ayuda. No comí nada en toda la jornada ya que un nudo obstruía mi garganta. Por la tarde, me dirigí hacia la catedral para realizar unas pruebas de sonido. Luego, fui al hotel y me arreglé, recogiendo mi pelo ondulado y largo con la fina pinza de plata, el vestido carmesí me dio la elegancia que necesitaba. El último toque fue dar color a mis labios empalidecidos a causa de los nervios con un tono rojo intenso.

Alex me llevó hasta San Andrés y fue entonces cuando supe que había llegado mi gran momento. Cuando salí en escena con mi violonchelo en la mano derecha, un cúmulo de aplausos llenó la iglesia. Estos se convirtieron en un zumbido lejano que retumbaba en mi cabeza. Esbocé una sonrisa y saludé, acto seguido, me senté en una banqueta roja colocada justo delante del altar.

Por un instante el tiempo se detuvo. La banqueta que observaba era exactamente igual que la mía. Rápidamente pasaron ante mis ojos millones de recuerdos de mi hogar, estaba triste porque mis padres no estaban junto a mi en mi gran momento. Respiré hondo, miré fijamente al público y entre la multitud neblina un claro de luz se abrió y pude distinguir en primera fila cuatro caras conocidas.

De repente, uno de los cuatro, un chiquito, alzó la mano y me saludó. ¡Era mi hermano! Junto a mi madre, mi padre y David. No lo podía creer. Una gran sonrisa afloró entre mis labios llegando de una oreja a la otra y, entonces, los nervios desaparecieron y aunque el nudo de mi garganta persistía, aguantando dos lágrimas que no salían de mis ojos, comencé a tocar.

Tenía las manos frías y los dedos no respondían del todo bien, pero poco a poco la emoción y la pasión en mi actuación fueron subiendo paulatinamente la temperatura de mi cuerpo. Debía poner toda mi alma en las dos obras para que mi música no fuera simplemente oída, sino escuchada y pudiese llegar a los corazones de aquellas personas que tal vez nunca habían podido gozar de la música clásica , haciendo nacer en ellos sentimientos desconocidos.

Terminé mi actuación y el público se alzó de sus asientos aplaudiendo de tal modo que la gran catedral retumbaba, pero a mí eso era banal. Mis orejas restaban ensordecidas y mis ojos fijaban la mirada en mi familia. No podía creer que estuviesen allí para verme.

Observé los ojos de David, siempre tan intensos y profundos. Sonreía, pero me miraba de tal modo que más que amarme, parecía admirarme. Los aplausos no cesaban así que tuve que realizar un bis e interpreté El Cant dels Ocells .

Comencé a tocar: mi la si do re mi... interpretaba una de las más bellas obras del mundo y me sentía dichosa de ello. Finalicé el concierto y, aunque los aplausos persistían, me retiré.

En pocos minutos aparecieron por la puerta mis padres, mi hermano y David. Rompí a llorar mientras corría a abrazarles. Me lancé a sus brazos y montones de besos recorrieron mi faz. Sentí una profusa alegría que llenó mi alma de luz, haciendo brotar en mí tallos de energía y felicidad.

Después de la distendida salutación, estuvimos conversando más de tres horas. Me explicaron que el artículo había llegado hasta España y al enterarse de la noticia de mi concierto cogieron el primer vuelo hacia Ucrania. Les narré toda mi aventura y después de hablar con el organizador del concierto logré que se alojaran gratuitamente en mi mismo hotel.

Entonces, mis padres y Manuel, mi hermano, partieron hacia el hotel y David se quedó conmigo. A solas y sin pronunciar palabras innecesarias, nos unimos con un beso que sobrepasó los límites de los sentimientos humanos, pasó a ser espiritual. Tuvimos tiempo para mantener una larga charla. Unos fuertes remordimientos recorrieron mi cuerpo a modo de escalofrío.

-David, tengo que contarte algo...-musité.
-Mira Noa, lo pasado, pasado está. No me cuentes nada que nos cause dolor. Yo te amo, ¿lo haces tú? –respondió.
-David, claro que te amo. Das luz a mi vida y ya eres parte de mí. No importa cuánta distancia nos separe, pues eres mi guía en las noches sin estrellas porque mi alma y tu alma son un mismo ser.

David me miró a los ojos y yo, observando los suyos, pude llegar mucho más lejos de lo que nunca había podido. Vi su paz interior, su bondad, y su pasión; era la persona de mi vida. Abrió la mano ante mí y la agarré con fuerza; entonces, nos marchamos juntos hacia el hotel. Allí nos reunimos con la familia y acordamos pasar una semana juntos de vacaciones.

Fueron los siete días más felices de mi vida, pero mi camino debía seguir y ya había cruzado el abismo del ecuador del trayecto. Ahora todo era cuesta abajo, solo restaban dos países por visitar, así que en diez, quince, días regresaría a casa.
La despedida fue triste pero no se convirtió en un adiós, sino en un hasta pronto y partí del país con un tren rumbo a Polonia, Varsovia.

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