sábado, octubre 11, 2008

EL GUARNERI DE GESÚ . CAPITULO VII




Varsovia, 10 de septiembre de 1942

Estimada Familia,
Un imprevisto cambio en mi vida me ha hecho tomar una importante decisión: me he marchado con mi hija hacia Varsovia.

El tiempo se acorta y debo seguir viviendo. Mi vida se había transformado en una rutina y es lo peor que te puede ocurrir.

Resido en la casa de una amiga, Martina Berschmann, es violinista y vamos a realizar conciertos en Varsovia y Praga.

La compañía que organiza las audiciones se llama Armon Musici y pagan muy bien.

Vamos a realizar un concierto extraordinario al aire libre en la Plaza del Castillo y otro más en la Plaza del Mercado .

Sin nada más que contar, me despido con mucho amor.

Nunca os olvido, siempre estáis en mi corazón.



El viaje fue tranquilo y apacible. Cuando bajé del tren una ola de frío recorrió mi cuerpo haciendo enrojecer mi nariz, pero ahora mis sentimientos habían cambiado. Después de la visita de mis seres queridos , me sentía segura y sosegada y mis largas charlas con David me hicieron sentir una persona amada.

Los datos proporcionados por Marta en su última carta me sirvieron de gran ayuda. Mi visita comenzó por la calle de Vincent Timochenko donde se hallaba la compañía Armon Musici que organizó los conciertos de Marta y Martina, la violinista.

Llegué a la calle y me introduje en el recinto, un enorme edificio que lucía un elegante vestíbulo de estilo victoriano . Grandes ventanales iluminaban la sala y curiosos cuadros vestían las inmensas paredes. Me dirigí al fondo del salón donde se hallaba una pequeña mesa con una elegante mujer perfectamente uniformada.

Estuve conversando con ella y me facilitó una entrevista con George Stratford, el organizador de las audiciones. Debía permanecer en espera durante quince minutos antes de poder acceder a la oficina personal del empresario, así que tuve el suficiente tiempo para observar meticulosamente cada uno de los cuadros.

Todos mostraban personajes interpretando música en diferentes lugares: violinistas, violonchelistas, contrabajistas, oboístas, flautistas, clarinetistas, arpistas, pianistas y muchos más.

Hubo un cuadro me que llamó especialmente la atención. Una obra abstracta cuyo fondo estaba difuminado en tonos grisáceos donde el punto más álgido concentraba un fuerte negro azabache que hacía perder la mirada de los más intrépidos observadores.

En primer plano aparecía un violonchelo completamente distorsionado, encorvado y dirigido hacia el abismo negruzco. Permanecí abstraída en el sinuoso espectro instrumental cuando una voz femenina pronunció mi nombre.

-Marta, ya puedes pasar. El señor Stratford te está esperando.

Cuando entré en la estancia, un típico varón inglés me esperaba con una enorme sonrisa. Era de gran estatura, ojos claros y pelo cenizo. Su piel, blanca cual sal marina, mostraba tímidamente unas mejillas sonrosadas. Sus pantalones a cuadros estaban acompañados por una camisa impecable.

Me presenté ante él extendiéndole la mano, que cogió fuertemente.

-Buenos días señor Stratford, mi nombre es Noa y soy nieta de Marta Brunell, una chelista que estuvo realizando una gira con su compañía.

-Lo recuerdo. Conocí a Marta en la primavera de 1942. convivía con una gran violinista, Martina Berschmann. El dúo MARTA&MARTINA obtuvo un gran éxito. Realizaron muchos conciertos hasta que Marta no pudo seguir tocando, imposibilitada por su enfermedad... –se detuvo bruscamente.

-Pero ¿cómo?, ¿qué le ocurrió? –inquirí.

-Cuando Marta llegó a Polonia padecía una grave enfermedad, cáncer de estómago. No accedió a realizar ningún tipo de tratamiento, pues quería vivir los últimos años de su vida sin tener que permanecer recluida en un hospital. Aun así realizó los mejores conciertos de su vida.

En su último concierto, en la Plaza del Mercado, ocurrió un hecho de gran gravedad. Ese día, Marta sufrió un desmayo horas antes de la actuación que la mantuvo inconsciente varios minutos. Al despertar, le ofrecimos la posibilidad de anular la audición, a lo que se negó rotundamente.

Era una mujer con una fuerza excepcional y su carácter luchador era su más preciado rasgo. Comenzó la actuación del dúo MARTA&MARTINA y todo parecía transcurrir con total normalidad hasta que en la mitad de una obra, el chelo de Marta enmudeció y ella, sin pronunciar palabra, cerró los ojos y cayó desplomada al suelo.

Una gota de sangre rezumaba por sus labios. Entre el público reinó un silencio turbador capaz de atemorizar al más valeroso.

El rostro de Martina esbozó una mueca de terror, enseguida dejó su violín y sostuvo el moribundo cuerpo de la chelista entre sus brazos. Pocos instantes después, fue trasladada al mejor hospital, en el que permaneció en reposo durante un mes.

Cuando le dieron el alta, se marchó. Ya no sé qué más fue de ella, pero sí podría facilitarte la dirección de Martina Berschmann. Ella y Marta mantenían una gran amistad y sabrá el final de la historia. –relató el agradable señor.

-Muchas gracias , me ha servido usted de gran ayuda.


Acto seguido, abandoné el recinto y me dirigí al hotel donde me alojaba y decidí desconectar de toda la historia. Cogí mi violonchelo y me dispuse a tocar.

No pretendía estudiar ninguna obra complicada, ni mejorar la afinación , no practicar técnica; tan solo quería gozar, explayarme tocando e incluso componer alguna pieza.

Retiré todos los muebles de la habitación, dejando en medio un gran círculo vacío.

Coloqué mi banqueta justo en el centro, encendí una vela aromática, cuyo olor me deleitaba; apagué las luces y comencé a tocar y comencé a tocar. La oscuridad no importaba, pues mis ojos cerrados no la percibían. La música envolvía mi alma.

Al principio, interpreté fragmentos de obras conocidas que vivían estancadas en mi memoria, como por ejemplo, el Cisne de Saint-Saëns .

Más tarde ya fueron notas sin sentido, enlazadas en busca de alguna triste melodía.

Poco a poco apareció un fragmento de vals en menor que acompañado con un intenso vibrato resultaba melancólico, pero bello. Estuve más de cuatro horas tocando hasta que los dedos ardían de dolor, pero no era amargo el sufrimiento.

En seguida, cogí un papel y escribí la obra, la titulé: El vals de la Muerte .

Exhausta, caí rendida sobre la cama y me sumí en un profundo sueño. Al día siguiente al despertar, me dirigí a la casa de Martina Berschmann y por el camino me detuve a observar un grupo de personas que bailaban una peculiar danza, la polka .

Cinco varones y tres damas comenzaron a brincar entrecruzándose los unos con los otros, haciendo volar aquellas vistosas y coloridas faldas. Azules, naranjas y amarillos se mezclaba al ritmo de la música mientras ellos, acuclillados, extendían y recogían sus piernas con un movimiento frenético y de difícil equilibrio.

Mientras miraba, entusiasmada y son percatarme, los cinco me rodearon , haciéndome bailar en medio del círculo que se había formado con los intrépidos observadores. Me dejé llevar por el ritmo y ahí estaba yo, riendo y saltando. Una vez terminada la canción, me marché.

Cuando llegué a la enorme mansión que habitaba la señora Berschmann, una elegantísima dama de avanzada edad abrió la puerta. Su pelo, rubio y liso, estaba recogido con un broche de diamantes; su figura esbelta estaba cubierta por unos ropajes, seguramente, de un elevadísimo coste; su tez no mostraba surcos por el paso de los años y su andar era pausado y glamoroso. Era una belleza de quirófano; falso rostro estirado, ocultando el color de la experiencia.

-Buenos días señora Berschmann, mi nombre es Noa y soy la nieta de Marta Brunell.

Al oírme decir esto, sus ojos se humedecieron y me invitó a pasar efusivamente.

-Hola dulce chiquita. Como sé que te habrás informado ya sabrás que soy Martina, la violinista que compartió conciertos con tu abuela. Fue la mejor persona que jamás he conocí y con ella realicé los mejores conciertos de mi vida.
Cuando traté con ella ya padecía un cáncer y su esperanza de vida no sobrepasaba los dos años. Nuestro último y fatídico concierto marcó el fin de la mejor chelista que cualquier persona ha conocido. Cayó rendida en medio de la interpretación de una obra. Ingresó en el hospital y me encargó una importantísima labor: debía llevar a Susana, su hijita, con su padre.


En dos semanas, tomé contacto con él y le comenté la gravedad de la situación. Realizó un esporádico viaje en el que se despidió de Marta y se llevó a su hija consigo. El adorable varón parecía no comprender por qué Marta prefería pasar los últimos años de su vida en soledad, pero respetó su decisión.

Partió del mismo modo que apareció, nunca llegué a conocerle realmente, pero yo era incapaz de comprender como una pareja comprendida por tan distintas personas pudiera resultar una relación tan cordial y afectiva. Una vez él se hubo marchado, ella partió hacia el último país donde sé que murió. Antes de abandonar la vida, me mandó una carta que ahora tu debes poseer.

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