sábado, octubre 11, 2008

EL GUARNERI DE GESÚ . CAPITULO VII




Varsovia, 10 de septiembre de 1942

Estimada Familia,
Un imprevisto cambio en mi vida me ha hecho tomar una importante decisión: me he marchado con mi hija hacia Varsovia.

El tiempo se acorta y debo seguir viviendo. Mi vida se había transformado en una rutina y es lo peor que te puede ocurrir.

Resido en la casa de una amiga, Martina Berschmann, es violinista y vamos a realizar conciertos en Varsovia y Praga.

La compañía que organiza las audiciones se llama Armon Musici y pagan muy bien.

Vamos a realizar un concierto extraordinario al aire libre en la Plaza del Castillo y otro más en la Plaza del Mercado .

Sin nada más que contar, me despido con mucho amor.

Nunca os olvido, siempre estáis en mi corazón.



El viaje fue tranquilo y apacible. Cuando bajé del tren una ola de frío recorrió mi cuerpo haciendo enrojecer mi nariz, pero ahora mis sentimientos habían cambiado. Después de la visita de mis seres queridos , me sentía segura y sosegada y mis largas charlas con David me hicieron sentir una persona amada.

Los datos proporcionados por Marta en su última carta me sirvieron de gran ayuda. Mi visita comenzó por la calle de Vincent Timochenko donde se hallaba la compañía Armon Musici que organizó los conciertos de Marta y Martina, la violinista.

Llegué a la calle y me introduje en el recinto, un enorme edificio que lucía un elegante vestíbulo de estilo victoriano . Grandes ventanales iluminaban la sala y curiosos cuadros vestían las inmensas paredes. Me dirigí al fondo del salón donde se hallaba una pequeña mesa con una elegante mujer perfectamente uniformada.

Estuve conversando con ella y me facilitó una entrevista con George Stratford, el organizador de las audiciones. Debía permanecer en espera durante quince minutos antes de poder acceder a la oficina personal del empresario, así que tuve el suficiente tiempo para observar meticulosamente cada uno de los cuadros.

Todos mostraban personajes interpretando música en diferentes lugares: violinistas, violonchelistas, contrabajistas, oboístas, flautistas, clarinetistas, arpistas, pianistas y muchos más.

Hubo un cuadro me que llamó especialmente la atención. Una obra abstracta cuyo fondo estaba difuminado en tonos grisáceos donde el punto más álgido concentraba un fuerte negro azabache que hacía perder la mirada de los más intrépidos observadores.

En primer plano aparecía un violonchelo completamente distorsionado, encorvado y dirigido hacia el abismo negruzco. Permanecí abstraída en el sinuoso espectro instrumental cuando una voz femenina pronunció mi nombre.

-Marta, ya puedes pasar. El señor Stratford te está esperando.

Cuando entré en la estancia, un típico varón inglés me esperaba con una enorme sonrisa. Era de gran estatura, ojos claros y pelo cenizo. Su piel, blanca cual sal marina, mostraba tímidamente unas mejillas sonrosadas. Sus pantalones a cuadros estaban acompañados por una camisa impecable.

Me presenté ante él extendiéndole la mano, que cogió fuertemente.

-Buenos días señor Stratford, mi nombre es Noa y soy nieta de Marta Brunell, una chelista que estuvo realizando una gira con su compañía.

-Lo recuerdo. Conocí a Marta en la primavera de 1942. convivía con una gran violinista, Martina Berschmann. El dúo MARTA&MARTINA obtuvo un gran éxito. Realizaron muchos conciertos hasta que Marta no pudo seguir tocando, imposibilitada por su enfermedad... –se detuvo bruscamente.

-Pero ¿cómo?, ¿qué le ocurrió? –inquirí.

-Cuando Marta llegó a Polonia padecía una grave enfermedad, cáncer de estómago. No accedió a realizar ningún tipo de tratamiento, pues quería vivir los últimos años de su vida sin tener que permanecer recluida en un hospital. Aun así realizó los mejores conciertos de su vida.

En su último concierto, en la Plaza del Mercado, ocurrió un hecho de gran gravedad. Ese día, Marta sufrió un desmayo horas antes de la actuación que la mantuvo inconsciente varios minutos. Al despertar, le ofrecimos la posibilidad de anular la audición, a lo que se negó rotundamente.

Era una mujer con una fuerza excepcional y su carácter luchador era su más preciado rasgo. Comenzó la actuación del dúo MARTA&MARTINA y todo parecía transcurrir con total normalidad hasta que en la mitad de una obra, el chelo de Marta enmudeció y ella, sin pronunciar palabra, cerró los ojos y cayó desplomada al suelo.

Una gota de sangre rezumaba por sus labios. Entre el público reinó un silencio turbador capaz de atemorizar al más valeroso.

El rostro de Martina esbozó una mueca de terror, enseguida dejó su violín y sostuvo el moribundo cuerpo de la chelista entre sus brazos. Pocos instantes después, fue trasladada al mejor hospital, en el que permaneció en reposo durante un mes.

Cuando le dieron el alta, se marchó. Ya no sé qué más fue de ella, pero sí podría facilitarte la dirección de Martina Berschmann. Ella y Marta mantenían una gran amistad y sabrá el final de la historia. –relató el agradable señor.

-Muchas gracias , me ha servido usted de gran ayuda.


Acto seguido, abandoné el recinto y me dirigí al hotel donde me alojaba y decidí desconectar de toda la historia. Cogí mi violonchelo y me dispuse a tocar.

No pretendía estudiar ninguna obra complicada, ni mejorar la afinación , no practicar técnica; tan solo quería gozar, explayarme tocando e incluso componer alguna pieza.

Retiré todos los muebles de la habitación, dejando en medio un gran círculo vacío.

Coloqué mi banqueta justo en el centro, encendí una vela aromática, cuyo olor me deleitaba; apagué las luces y comencé a tocar y comencé a tocar. La oscuridad no importaba, pues mis ojos cerrados no la percibían. La música envolvía mi alma.

Al principio, interpreté fragmentos de obras conocidas que vivían estancadas en mi memoria, como por ejemplo, el Cisne de Saint-Saëns .

Más tarde ya fueron notas sin sentido, enlazadas en busca de alguna triste melodía.

Poco a poco apareció un fragmento de vals en menor que acompañado con un intenso vibrato resultaba melancólico, pero bello. Estuve más de cuatro horas tocando hasta que los dedos ardían de dolor, pero no era amargo el sufrimiento.

En seguida, cogí un papel y escribí la obra, la titulé: El vals de la Muerte .

Exhausta, caí rendida sobre la cama y me sumí en un profundo sueño. Al día siguiente al despertar, me dirigí a la casa de Martina Berschmann y por el camino me detuve a observar un grupo de personas que bailaban una peculiar danza, la polka .

Cinco varones y tres damas comenzaron a brincar entrecruzándose los unos con los otros, haciendo volar aquellas vistosas y coloridas faldas. Azules, naranjas y amarillos se mezclaba al ritmo de la música mientras ellos, acuclillados, extendían y recogían sus piernas con un movimiento frenético y de difícil equilibrio.

Mientras miraba, entusiasmada y son percatarme, los cinco me rodearon , haciéndome bailar en medio del círculo que se había formado con los intrépidos observadores. Me dejé llevar por el ritmo y ahí estaba yo, riendo y saltando. Una vez terminada la canción, me marché.

Cuando llegué a la enorme mansión que habitaba la señora Berschmann, una elegantísima dama de avanzada edad abrió la puerta. Su pelo, rubio y liso, estaba recogido con un broche de diamantes; su figura esbelta estaba cubierta por unos ropajes, seguramente, de un elevadísimo coste; su tez no mostraba surcos por el paso de los años y su andar era pausado y glamoroso. Era una belleza de quirófano; falso rostro estirado, ocultando el color de la experiencia.

-Buenos días señora Berschmann, mi nombre es Noa y soy la nieta de Marta Brunell.

Al oírme decir esto, sus ojos se humedecieron y me invitó a pasar efusivamente.

-Hola dulce chiquita. Como sé que te habrás informado ya sabrás que soy Martina, la violinista que compartió conciertos con tu abuela. Fue la mejor persona que jamás he conocí y con ella realicé los mejores conciertos de mi vida.
Cuando traté con ella ya padecía un cáncer y su esperanza de vida no sobrepasaba los dos años. Nuestro último y fatídico concierto marcó el fin de la mejor chelista que cualquier persona ha conocido. Cayó rendida en medio de la interpretación de una obra. Ingresó en el hospital y me encargó una importantísima labor: debía llevar a Susana, su hijita, con su padre.


En dos semanas, tomé contacto con él y le comenté la gravedad de la situación. Realizó un esporádico viaje en el que se despidió de Marta y se llevó a su hija consigo. El adorable varón parecía no comprender por qué Marta prefería pasar los últimos años de su vida en soledad, pero respetó su decisión.

Partió del mismo modo que apareció, nunca llegué a conocerle realmente, pero yo era incapaz de comprender como una pareja comprendida por tan distintas personas pudiera resultar una relación tan cordial y afectiva. Una vez él se hubo marchado, ella partió hacia el último país donde sé que murió. Antes de abandonar la vida, me mandó una carta que ahora tu debes poseer.

EL GUARNERI DE GESÚ . CAPITULO VI




Kiev, 9 de octubre de 1941

Estimada Familia,
Me hallo en Kiev, la bella capital de Ucrania, ahora en guerra.

Hace ya meses que resido en una linda casita a las afueras de la ciudad, pues así evitamos el conflicto. He conocido a un mozo español que se halla en la ciudad por motivos laborales.

Nos hemos unido en matrimonio y su carácter protector me da calor cuando tengo frío. He detenido mi trayectoria como concertista a causa de la guerra, pero me ofrecieron una alta cantidad de dinero por realizar dos conciertos extraordinarios por la paz en la Catedral de San Andrés y en la Iglesia de Santa Sofía .

Sin nada más que decir me despido.

Espero que nos reencontremos algún día.


Llegué a Ucrania solo con la dirección de la casa en la que ella residió.

Ahora había descubierto que su hija, mi madre, no nació en Ucrania sino en Budapest ya que su padre no era Juan, mi difunto abuelo, sino Pietro di Constança.

Me alojé en una pequeña pensión situada en el primer piso de un edificio viejo del casco antiguo de la ciudad. Dormía en la última habitación de un laberíntico pasillo.

Al caer la noche y colocada dentro de una fría cama y tiritando de frío, sentí una fuerte morriña. Echaba de menos el dulce calor del hogar junto a mi familia. Ahora ya no importaban las pequeñas discusiones cotidianas o las interminables charlas de mis padres, solo podía recordar los abrazos, las conversaciones agradables...

Me levanté de la cama, me vestí y salí a pasear por calles solitarias. El olor del frío me envolvía y el cielo, estrellado, sellaba mi llanto interno. Caminando, encontré una cabina y llamé a casa.

Respondió mi hermano y al oír su voz deseé no haberme marchado nunca pero una larga conversación con mi padre me ayudó a valorar lo que en mi trayecto había vivido.

Sin decirlo explícitamente, aplaudió mi valor ante la toma de la arriesgada decisión de partir. La plática con mi madre fue la esperada, me preguntó si comía bien, si tenía dinero, etc. Me hizo prometerle que si en un mes no hallaba respuestas a mi búsqueda, debía regresar a casa.

Después de la llamada anduve hacia la pensión, en la que pude descansar plácidamente durante horas. Al día siguiente, me dirigí hacia la dirección indicada hallando allí un montón de ruinas y ningún indicio que me sirviera para seguir buscando.

Días después, recibí una llamada de uno de los amigos de Isabel Petrov y quería hacerme una entrevista para un pequeño diario local. Era un chico joven de ojos azulados y cabello anaranjado. Me invitó a cenar en un peculiar restaurante oriental.

El menú, compuesto por delicias de cerdo agridulce, rollitos de primavera y arroz con algas marinas, estaba acompañado por una curiosa sopa de setas chinas.

Yo, ignorante de las tradiciones orientales y bien enseñada por mi familia, comencé por engullir cucharada a cucharada el endulzado caldo. Me sorprendió que ni el chico que me acompañaba ni ninguna de las personas que había en el restaurante, comiese la sopa.

Todos la sorbían lentamente y en pocas cantidades entre plato y plato. De repente comencé a ver como los muebles cobraban vida, todo se había tornado color rosa.

Todo el mundo me observaba y reía pero yo no sentía vergüenza, sentía felicidad. Cuando me levanté para dirigirme al baño, mis pies se separaron de mis piernas, andaban solos hacia el cuarto de aseo dejándome en medio de la sala e imposibilitando mi movimiento.

En seguida, acudió Alexander, el periodista pelirrojo y, sujetándome la mano me acompañó hasta mi hostal, me ayudó a cambiarme de ropa y a acostarme. Estuvo hablando conmigo y me explicó que la sopa que apresuradamente había ingerido era de setas alucinógenas y que solo debía tomarla en pequeñas cantidades ya que era digestiva.

Por fin comprendía el porqué de mi inesperada reacción. La verdad es que disfruté mucho y sentí flotar mi cuerpo. Después de muchas risas Álex se marchÓ y acordamos posponer la charla.

Dormí más de treinta y seis horas seguidas y cuando desperté encontré en mi mesilla de noche el teléfono de Alexander, le llamé y fijamos una cita en un restaurante español, para evitar imprevistos.

La comida fue distendida y muy divertida. Le relaté la historia de mi vida y de esto, él escribió un artículo que pasó a ser portada y, además, obtuvo un gran éxito.

Gracias a la publicación se me convidó a tocar en la Catedral de San Andrés, el mismo lugar donde Marta realizó un concierto de paz. Me alojaron en el mejor hotel de la ciudad y fijaron la fecha del concierto en dos semanas. Debía ensayar día y noche para preparar el concierto de mi vida.

Mi programa se basaba en dos piezas únicamente: la Elegía de Faurée y la Pavana, también de Faurée.

La habitación del hotel se convirtió en mi sala de estudio. Llevaba días sin tocar y recuperar el ritmo me costó mucho.

Alexander me acompañó en los momentos más duros anteriores al concierto. Los nervios, los llantos y el dolor de estómago se convirtieron en mis aliados, el chico estuvo a mi lado en las risas y en las lágrimas, las horas anteriores a la actuación fueron las peores.

De buena mañana, me levanté para ensayar el programa una vez más y, aunque los profesionales aconsejan no tocar ese mismo día, a mí me resultó de gran ayuda. No comí nada en toda la jornada ya que un nudo obstruía mi garganta. Por la tarde, me dirigí hacia la catedral para realizar unas pruebas de sonido. Luego, fui al hotel y me arreglé, recogiendo mi pelo ondulado y largo con la fina pinza de plata, el vestido carmesí me dio la elegancia que necesitaba. El último toque fue dar color a mis labios empalidecidos a causa de los nervios con un tono rojo intenso.

Alex me llevó hasta San Andrés y fue entonces cuando supe que había llegado mi gran momento. Cuando salí en escena con mi violonchelo en la mano derecha, un cúmulo de aplausos llenó la iglesia. Estos se convirtieron en un zumbido lejano que retumbaba en mi cabeza. Esbocé una sonrisa y saludé, acto seguido, me senté en una banqueta roja colocada justo delante del altar.

Por un instante el tiempo se detuvo. La banqueta que observaba era exactamente igual que la mía. Rápidamente pasaron ante mis ojos millones de recuerdos de mi hogar, estaba triste porque mis padres no estaban junto a mi en mi gran momento. Respiré hondo, miré fijamente al público y entre la multitud neblina un claro de luz se abrió y pude distinguir en primera fila cuatro caras conocidas.

De repente, uno de los cuatro, un chiquito, alzó la mano y me saludó. ¡Era mi hermano! Junto a mi madre, mi padre y David. No lo podía creer. Una gran sonrisa afloró entre mis labios llegando de una oreja a la otra y, entonces, los nervios desaparecieron y aunque el nudo de mi garganta persistía, aguantando dos lágrimas que no salían de mis ojos, comencé a tocar.

Tenía las manos frías y los dedos no respondían del todo bien, pero poco a poco la emoción y la pasión en mi actuación fueron subiendo paulatinamente la temperatura de mi cuerpo. Debía poner toda mi alma en las dos obras para que mi música no fuera simplemente oída, sino escuchada y pudiese llegar a los corazones de aquellas personas que tal vez nunca habían podido gozar de la música clásica , haciendo nacer en ellos sentimientos desconocidos.

Terminé mi actuación y el público se alzó de sus asientos aplaudiendo de tal modo que la gran catedral retumbaba, pero a mí eso era banal. Mis orejas restaban ensordecidas y mis ojos fijaban la mirada en mi familia. No podía creer que estuviesen allí para verme.

Observé los ojos de David, siempre tan intensos y profundos. Sonreía, pero me miraba de tal modo que más que amarme, parecía admirarme. Los aplausos no cesaban así que tuve que realizar un bis e interpreté El Cant dels Ocells .

Comencé a tocar: mi la si do re mi... interpretaba una de las más bellas obras del mundo y me sentía dichosa de ello. Finalicé el concierto y, aunque los aplausos persistían, me retiré.

En pocos minutos aparecieron por la puerta mis padres, mi hermano y David. Rompí a llorar mientras corría a abrazarles. Me lancé a sus brazos y montones de besos recorrieron mi faz. Sentí una profusa alegría que llenó mi alma de luz, haciendo brotar en mí tallos de energía y felicidad.

Después de la distendida salutación, estuvimos conversando más de tres horas. Me explicaron que el artículo había llegado hasta España y al enterarse de la noticia de mi concierto cogieron el primer vuelo hacia Ucrania. Les narré toda mi aventura y después de hablar con el organizador del concierto logré que se alojaran gratuitamente en mi mismo hotel.

Entonces, mis padres y Manuel, mi hermano, partieron hacia el hotel y David se quedó conmigo. A solas y sin pronunciar palabras innecesarias, nos unimos con un beso que sobrepasó los límites de los sentimientos humanos, pasó a ser espiritual. Tuvimos tiempo para mantener una larga charla. Unos fuertes remordimientos recorrieron mi cuerpo a modo de escalofrío.

-David, tengo que contarte algo...-musité.
-Mira Noa, lo pasado, pasado está. No me cuentes nada que nos cause dolor. Yo te amo, ¿lo haces tú? –respondió.
-David, claro que te amo. Das luz a mi vida y ya eres parte de mí. No importa cuánta distancia nos separe, pues eres mi guía en las noches sin estrellas porque mi alma y tu alma son un mismo ser.

David me miró a los ojos y yo, observando los suyos, pude llegar mucho más lejos de lo que nunca había podido. Vi su paz interior, su bondad, y su pasión; era la persona de mi vida. Abrió la mano ante mí y la agarré con fuerza; entonces, nos marchamos juntos hacia el hotel. Allí nos reunimos con la familia y acordamos pasar una semana juntos de vacaciones.

Fueron los siete días más felices de mi vida, pero mi camino debía seguir y ya había cruzado el abismo del ecuador del trayecto. Ahora todo era cuesta abajo, solo restaban dos países por visitar, así que en diez, quince, días regresaría a casa.
La despedida fue triste pero no se convirtió en un adiós, sino en un hasta pronto y partí del país con un tren rumbo a Polonia, Varsovia.

LAS PORTADAS DEL GUARNERI DE GESÚ



No se crean que la novela de Marta , mi hija , se ha acabado ,sino que he aprovechado para meter dos cuños publicitarios, como en la tele, para dar intriga a la historia.
He comentado estos dias que al día siguiente de solicitar una portada , me escribió Jeronimo Mejías, un artista de pro ,para hacerme un change, un trueque , el me hacia la portada y yo le enviaba Benposta, mi novela sobre el Circo de los Muchachos.
Acepté encantada , y hoy he recibido en mi mail , dos joyas de portada, ambas me encantan.. ¿Y a Ustedes?

Solo hace falta que una editorial lo publique, y veamos este sueño de Marta materializado.
¿Que para que serviría esta libro?, pues por ejemplo en escuelas de música, en bibliotecas, o simplemente por el placer de tener esta joya en casa.

Un beso enorme Jerónimo y ahi te pongo el prólogo de Benposta.

Benposta comienza asi ...





PRÓLOGO



Cuando empecé a escribir esta historia de vida, no sabía hasta dónde me implicaría. Ha sido una experiencia apasionante, en la que jamás he querido hacer juicios de valor.

Desde su principio he intentado ser mera narradora de algo que me explicaron, pero muchas veces las letras se me escurrían entre los dedos y de alguna forma me hacían ser parte de la historia.

Nunca ha estado en mi mente, en ningún momento, dejar en mal lugar o criticar la gran obra que creó su fundador, en un momento de la historia, pero las cosas sucedieron de esa forma.

Y, desde aquí pido disculpas públicamente, si mis objeciones o mi visión como escritora pudiesen herir cualquier sensibilidad de los personajes que existen en este libro.



La novela basada en hechos reales, ha sido dramatizada. No digo, que muchos de los personajes, haya sido o existan en la actualidad, o quizás se hicieran reales tal y como yo los describí. Pido perdón por ello.

De todas formas, me parecieron tan apasionantes las aventuras de un rapaz que con tan solo nueve años se sumergió en un mundo tan especial, que mereció la pena narrarlas.
.. Una vez tuve un sueño. Era una pista de un circo, y allí estaban todos los personajes del libro, algunos me reprendían, y otros me acusaban de benevolencia. Si esta obra sirviese, para unir a todas aquellas personas que alguna vez vivieron estas experiencias, me daría por satisfecha.

Ni todas la noches en duermevela , ni todos los esfuerzos por expresar con nitidez lo que allí ocurrió , servirían de nada , si con este libro las personas no entendiesen que hay valores humanos que no se olvidan , ni con el tiempo , ni contra todas la vicisitudes que ocurrieron .

Así, que invito a todo aquel que quiera sumergirse en esta aventura, y que, por una vez, los tambores repiquen empezando el espectáculo más grande del mundo: El Circo.







Nota de la autora.

NESCESITAMOS:PELUQUEROS, ÓPTICOS, FISIOTERAPEUTAS,MÉDICOS Y PASTORES





NECESITAMOS:

PELUQUEROS, OPTICOS, FISIOTERAPEUTAS, MÉDICOS...Y PASTORES


Ahora va a resultar que según no se que encuesta de empleo, con la que está cayendo, en este país de Alicia en el de las maravillas en el que vivo, solo se podrán contratar a personas con estos oficios o profesiones del extranjero.
Así dicho, queda como de pandereta y llegando a este punto de reflexión me quedan en el tintero varias cuestiones como estas;

1.- El Sr. Llongueras se ha comido todo el pastel y no tiene seguidores, además que el curro de peluqueras es incompatible con las relaciones familiares, trabajan todo el día.

2, Los ópticos que salen en cada promoción una vez copadas las ópticas existentes son captados por una ONG , para ir a graduar la vista a los del Sahara , dejando huecos insalvables y por lo tanto dejando lugares de acomodo a los ópticos extranjeros.

3.- Los Fisioterapeutas han emigrado a la Comunidad Europea , dado que los salarios eran una porquería , y los podemos localizar en cualquier país Europeo arreglando todo tipo de contracturas , fracturas y recuperando miembros , dejando a las escuelas de Fisioterapia vacías después de cada promoción que sale.

4.- Los médicos , hartos de tantas guardia después de estudiar la carrera mas larga que el Missisipi, han dejado la Sanidad Publica para ingresar en las filas de la Sanidad privada , donde cobran más , trabajan menos horas y al menos si hacen una guardia la pueden recuperar al día siguiente , no teniendo que trabajar mas de 24 horas seguidas con la bronca subsiguiente del adjunto de guardia.

5.- Las ovejas se han quedado sin pastores , que abrumados por la sociedad de consumo y después de pasar el oficio de generación en generación se han cansado de estar mas solos que la una , sin mas compañía que el perro guardián , y han optado por entrar en fabricas de multinacionales que aun no han hecho regulación de empleo .

Ante este panorama , se abren las puertas de par a en par , con contrato , por supuesto para que los de fuera ocupen estos lugares que han quedado vacíos debidos al hastío , la rabia y la vaciez de liquidez .

Es preocupante el hecho que en estos momentos y durante tiempo mas de 90 % de las casas con servicio doméstico estaba, hasta ahora, cumplimentadas por mujeres venidas de lejanas tierras que nos liberaban a la mujer trabajadora ( yo incluida) de las faenas domesticas . Y con esas mismas premisas y en otro rango de la sociedad ocupando lugares de preferencia en el cuidado de los ancianos , dado que nuestra sociedad esta mas en “edad de jubilación” que “en edad de merecer “

Si se cierra el grifo de contratación de estos cuidadores, y la Ley de la Dependencia no se articula con mas brío , nos encontraremos seguramente con el problema de cómo solventar la ayuda a personas discapacitadas, o simplemente que hayan llegado a edades con nivel de dependencia .

Veo cada tarde cuando salgo a pasear, o en mi consulta, una ingente cantidad de personas mayores acompañados por personas de otro lugar del mundo.

Ellos son,sin lugar a duda , las que han suplido las necesidades de una sociedad que no ha sabido cuidar a sus mayores , aunque eso si , a partir de ahora los tendremos a todos súper peinados con peluqueros , con contrato, y los podremos llevar al campo para que se familiaricen con la naturaleza ,que siempre es sano.

Y al menos eso nos queda.

Angels Vinuesa

jueves, octubre 09, 2008

UNA INYECCIÓN LETAL





Como bien saben los que siguen este blog que no son pocos , soy enfermera y ya a estas alturas de la película tengo el c… pelado y curada de espanto de poner tantas inyecciones.

Nada que ver con esta inyección que se ha sacado de la manga, o más bien del sobrero de copas mi querido Presidente. Una inyección de un montón de euros para los bancos, y así poder aumentar el crédito a los pobres contribuyentes que andan ahogados con la hipoteca, yo incluida.

Pero hay algo que no entiendo, quizás porque no tengo ni idea de economía ni de política.

Por un lado hace pocos meses , salían los banqueros de mayor abolengo de este país, alardeando de ganar tanto como lo hacen las compañías de teléfonos móviles ( otro día iré a por ellos)

Se desata el fantasma de la crisis , y resulta que no tienen liquidez , a pesar que el Sr. ZP , se tiró un farol en tierras americanas del copón.

Después de la reunión en la Moncloa con los principales bancos de España, yo ya me puse a temblar,se decidió con el beneplácito del Banco de España, prestar que no dar o regalar, una inyección de euros del Tesoro.

Este capitalazo tendría que servir para que el dinero se moviera, y los pobres contribuyentes pudieran tener acceso a tener más créditos para endeudarse más.

Por lo visto , entonces pienso yo,que antes no había dinero , y de lo que se nutrían los bancos era del dinero que ingresaban los paganos de este pais que somos muchos, ese dinero serviría de monea de cambio para pasar la cadena de dar dinero a otros y suma y sigue.

El banco, entonces solo sería, y que me perdonen, un depósito de dinero que va y viene, pero con la diferencia que ellos ganan, y todos pierden como en la ruleta.

Han tenido que sacar de nuestro país unas cuantas fortunas a otros países más seguros , para que se moviera todo el entramado de bancos y se pusieran las alertas en marcha para asegurar a los que tienen ahorros ( yo no estoy en este selecto grupo) que no se preocupen que como en casa nada , y que los bancos suizos , o similares solo son para los tenistas , jugadores de baloncesto y algunos futbolistas , porque a esos,Hacienda ni les ve el pelo...

Pero que, los pensionistas, los pequeños comerciantes , los autonomos y tambien los emigrantes , que han estado toda la vida ahorrando cuatro duros, y que tienen el dinerillo hace años ,con unos intereses por debajo de los mínimos , a estos no vaya a ser que se les ocurra coger el pasaporte , y hacer turismo bancario, porque sino ¿Cómo se aguantaría el Monopoly?

Aquí hay alguien que engaña ¿quien? ¿Todos?

No han ganado suficientemente los bancos y cajas de ahorros, para que ahora nos vengan con que no hay liquidez, o esto va a ser como el cuento del zorro y las uvas verdes, que decía que no las comía porque estaban demasiado verdes ,y era porque no alcanzaba a cogerlas.

No se si con esta inyección letal saldremos todos llenos de hematomas o bien se nos enquistará ,de lo que estoy segura es que nos va a doler, aunque nos hayan puesto un poco de desinfectante del bueno(como dicen mis pacientes) y con los guantes más estériles del mercado.


Angels Vinuesa

miércoles, octubre 08, 2008

NECESITO URGENTEMENTE LA PORTADA DEL LIBRO




NECESITO URGENTEMENTE UNA PORTADA PARA EL LIBRO;

“EL GUARNERI DE GESÚ” DE MARTA MULERO VINUESA




Y como se que esto de Internet funciona, y llega más lejos De lo que te pudieras imaginar , reto desde aquí a cualquier persona , artista o aficionado que haga la portada para esta maravillosa historia que estoy publicando on-line .
Llamo a los diseñadores gráficos de la red, a los ingenieros informáticos, a las páginas Web que se dedican a estos menesteres

Este libro merece una buena portada como decía Tomas C Gale:
"Un buen diseño añade valor más rápido de lo que agrega costo."
Y como el mundo esta al reves con todo este barullo de ver peligrar sus ahorrillos , pues vamos a actuar de forma diferente . Cuando alguien va comprar un libro , la portada juega un papel importante , el diseño , la forma , los colores etc .. aquí se tiene la possibilidad de leer la novela antes , y después imaginar la portada...

.....Fácil , fácil para los diseñadores graficos

¿Alguien se atreve ?
Angels Vinuesa

martes, octubre 07, 2008

EL GUARNERI DE GESÚ.CAPITULO V


Budapest, 23 de abril de 1940

Estimada Familia,
Me hallo en Hungría y estoy conviviendo con una mujer, Isabel Petrov.

Ayer di a luz a una niña, siento que os enteréis de este modo, pero cuando regrese a España ya la conoceréis. Sigo realizando conciertos.

Mañana tocaré en la Basílica de San Esteban e interpretaré el Concierto para violonchelo en Do Mayor de Haydn .

La vida aquí es muy diferente que en casa pero es bello conocer mundo, culturas y países distintos al tuyo. La ciudad en que me alojo es un paraíso cultural donde residió Sissí emperatriz.

Mi vida ha cambiado y ante el violonchelo ha aparecido una nueva prioridad, mi hija. Me estoy planteando cambiar mi modo de vida, regresar a España y poder criar a mi hija.
Espero vuestra respuesta con impaciencia.
Con mucho cariño.



Me hallaba, una vez más, sola en tren cuyo destino era Budapest .

Me dirigía a casa de Isabel Petrov, quien conocía mi venida ya que respondí secretamente a su carta mencionando mi aventura. Esta vez estaba más inquieta que las anteriores ya que en Hungría encontraría los documentos que cerciorarían la singularidad del violonchelo y descubriría si la niñita que Marta dio a luz allí mismo era mi madre o una tía mía.

Durante el viaje en tren conocí a un grupo de estudiantes hindúes que realizaban un intercambio con alumnos húngaros.

Allí traté con un chico, Ajit Mishra con el que compartí toda la noche. Me relató la historia de su vida, sus padres le exigían casarse con una chica a la que no amaba, ya que en la cultura hindú este suceso era tradicional y, aunque se estaba perdiendo a causa de la extinción de las familias de tipo patriarcal, en su familia era un hecho muy enraizado.

Era un chico de piel oscura y rasgos marcados; sus ojos, ligeramente alargados, eran de color miel mientras que su mirada fija e inquietante, se clavaba en mis ojos viendo más allá de estos. De mediana estatura y con el pelo largo y negro, lucía una belleza exótica.

La atracción por un chico como él era inevitable.

Después de hablar durante horas nos dirigimos a una zona del tren que tenía el techo descubierto ya que alojaba un cargamento de cajas llenas de libros. Nos tumbamos y, mirando las estrellas, cogió mi mano y la comenzó a acariciar.

En ese momento nuestras miradas se cruzaron y, sin pensar en nada más, cerré los ojos. Nuestros labios se fundieron en un beso pasional. Entonces sentí que esa noche nunca terminaría porque era mía.

La luz de la luna se convertía en un reflejo plateado sobre nuestros cuerpos. El resto del mundo, todo lo que nos rodeaba, se había convertido en una niebla lejana, y solo existíamos nosotros.

Al cabo de unas horas, justo al rayar del alba, desperté abrazada a Ajim. Apresuradamente redacté una pequeña nota que dejé en su mano:

Esta noche ha despertado en mí pasiones irrefrenables jamás conocidas. Ahora ya eres parte de mí y nunca olvidaré recordar la historia de nuestra noche. Tú puedes cambiar tu destino, eres dueño de tu vida.
Conoce, busca y aprende...

Noa


Acto seguido me marché y al bajar en la estación de Budapest una parte de mi experimentó millones de sensaciones que me hacían sentir feliz, mientras que la otra vociferaba a gritos de conciencia el nombre de David.

Estaba sintiendo una enorme confusión que quedó arrinconada en mi memoria ya que ahora debía pensar en lo que me podía suceder en Hungría.

Me dirigí hacia la casa de Isabel Petrov y ,al llegar, una viejecita me abrió la puerta.

-¿Eres Noa?, te esperaba –pronunció.
-Sí –respondí.


Isabel me pareció una mujer muy dulce. Era de pequeña estatura y con la espalda encorvada, su pelo era cano y su tez, arrugada al paso de los años. Sus ojos azules revelaban una memoria llena de vivencias y recuerdos. Sus finos labios se entreabrían pausadamente musitando palabras en un vago español marcado por un acento húngaro.

Decidí no abrumarla el primer día así que la charla que debíamos tener se pospuso. Me pidió que le interpretara alguna obra con el violonchelo y accedí gustosamente.

Determiné tocar Suite nº1 de Bach. Las suites de Bach son obras de tal belleza y tal complejidad que se puede pasar toda la vida y nunca llegar al fondo.

Bach las compuso, probablemente, con dos objetivos: crear obras importantes y componerlas para que permitieran a los chelistas de entonces mejorar su técnica, ya que tenían un sentido didáctico.

Coloqué una silla en medio del salón y me senté. Tensé el arco y afine las cuerdas. Realicé una interpretación apasionada de la obra que hizo conmover a Isabel. Una vez hube terminado, ella pronunció unas palabras:

-¡Cómo te pareces a Marta!

Isabel quedó tan impresionada de mi actuación que decidió presentarme a sus camaradas para, así, poder realizar algún concierto. Al día siguiente por la mañana, después de desayunar nos sentamos a hablar, me narró la historia que vivió con Marta:

-
Un día paseando por las calles de Budapest, vi tocar a una muchacha.

Me detuve a escucharla y la música que emergía de su violonchelo era divina. Cuando terminó de tocar, alzó la vista y la fijó en mí.

Estuvimos hablando y, después de contarme su historia, le ofrecí mi casa. Al llegar, me mostró unos documentos sobre su instrumentos y me pidió que se los guardara en lugar seguro y así lo he hecho hasta hoy.

Vivió aquí hasta el año 1940 ya que dio a luz a un bebé. Recuerdo la noche en que ocurrió el milagro, estábamos cenando frente al fuego cuando comenzó a sentir unas fuertes punzadas en el vientre.

El parto fue precoz y no hubo tiempo para avisar a un doctor, así que yo realicé la función de partera. Tumbada en el suelo cubierto de toallas, gemía de dolor, yo intentaba calmarla aplicando toallitas húmedas sobra la frente para secar su sudor.

Ella sujetaba mi mano fuertemente mientras el bebé comenzaba a asomar su cabecita. El alumbramiento fue complejo y duró horas, pero cuando Marta sostuvo el milagro entre sus brazos, los ojos se le iluminaron de tal modo que parecía haber reunido la poca energía que le bastaba para ese instante y acto seguido quedó plácidamente dormida.
Cada vez conocía más a Marta, ahora comprendía su valentía y su fuerza pura. Pero aún necesitaba saber el nombre de la criatura.

-Perdone, ¿recuerda usted el nombre del angelito?Permaneció pensativa unos instantes y respondió:
-Creo recordar que su nombre era Susana.

Mi boca se entreabrió y mis ojos permanecieron inmóviles, sin parpadear. Estaba asombrada de su respuesta y no podía creer lo escuchado. Mi madre se llamaba Susana, y no era hija del que creyó ser su padre sino de un chelista bohemio que dio la vida por Marta.

Después de la increíble historia del parto de mi abuela. Isabel me mostró unos manuscritos:




Este es el único violonchelo que se atribuye a Guarneri del Gesú, uno de los fabricantes italianos más grandes de instrumentos, sobre todo del violín.

Giuseppe "del Gesú" Guarneri siguió los pasos de Stradivarius.

Este violonchelo es un instrumento singular en el mundo y construido en la última etapa de la vida del luthier, la que permaneció encarcelado y, aún con el material más rudo, construyó exquisitos instrumentos.

Su precio oscila sobre los dos millones de dólares americanos.

Le ruego señorita Marta Brunell cuide usted lo mejor que pueda este tesoro.

Stephano Normandi






































Quedé asombrada por el contenido de los documentos y se despertó en mí un deseo irrefrenable: ¡debía poseer ese instrumento!

El resto de la noche la pasamos explicándome, ella, historias de la experiencia de su vida con Marta. Además de los rasgos que ya conocía de mi abuela, con Isabel descubrí el gran sentido del humor que poseía.

Al cabo de dos días, realicé una interpretación en público de la Suite nº1 en Sol Mayor de Bach, gracias a los contactos de Isabel. Esa noche fue mi gran debut.

Asistieron al concierto importantes personalidades que creyeron ver en mí un talento emergente. Durante los días que residí en Hungría, realicé una decena de conciertos pudiendo reunir una ingente cantidad de dinero.

El día antes de partir, me dirigí al casco antiguo de la ciudad y visité una casa de las viejas sastrerías que allí había.

En una de estas, compré un vestido carmesí con tonos oscurecidos que se semejaba al que Marta lucía en el cuadro. Compré también unos zapatos finos y de exquisita elegancia que, junto a una pinza de pelo de plata, configuraban el perfecto atuendo para mis futuras actuaciones.

Cuando hube recogido todo y me dispuse a abandonar el país, Isabel y yo realizamos una última comida en la que prometí regresar algún día a visitarla. En pocas horas, me encontraba subida en un tren que viajaba destino Ucrania, Kiev.

EL GUARNERI DE GESÚ. CAPITULO IV




Viena, 19 de diciembre de 1938

Estimada Familia,

Acabo de llegar a Austria y resido en Viena, la capital de la música.

El viaje lo realicé en carro. Después de caminar durante más de una hora hacia la estación de tren, un carricoche con dos mozalbetes jóvenes se detuvo y se ofrecieron a llevarme hacia donde ellos partían. Así que se ha convertido en toda una aventura.

Ahora me alojo en la masía de una familia a la que pago impartiendo clases de música a su hijita pequeña Bettina Shëburg. Gracias a los conciertos realizados en Francia, me han ofrecido tocar en el Palacio de Belvedere y aunque estoy un poco alterada, la idea es emocionante.

He conocido gente aquí y ha pasado algo espectacular, he encontrado al músico bohemio que solía tocar en las Ramblas. Han pasado muchos años ya desde entonces, pero al verle supe que era él.

Platicamos durante horas, me comentó que se había instalado definitivamente en Viena y me ofreció su casa, así que me trasladé. Si todo transcurre igual, seguramente viviré unos años aquí, pues he encontrado el amor.

Su nombre es Pietro di Constança, y el destino es quien me ha llevado hasta él.

Pronto interpretaremos el Concierto para dos violonchelos de Vivaldi en el Palacio de Schönbrunn . Será el acontecimiento más especial de mi vida: tocar junto a quien amo.

Será un matrimonio ideal, unido por los lazos de la música.

Con muchísimo amor.



El viaje en autobús fue largo y en peores condiciones que el anterior.

Hacía más frío y allí no había ninguna chiquita de mi edad con quien intimar así que seguí redactando el diario que había comenzado para comentar mis experiencias.

Tuve tiempo de repasar los nombres que en Austria debía encontrar: Bettina Shëburg y Pietro di Constança. Tenía que visitar una decena de casas que coincidían con los nombres, pero una dificultad se me había añadido: apenas hablaba alemán.

Por un momento, en el autobús, sentí una sensación de soledad que hasta entonces no había experimentado. Me encontraba inmersa en una aventura cuyo fin no podía divisar. No sabía lo que me sucedería al día siguiente ni hacia qué recónditos parajes me llevarían aquellas cartas.

¡Estoy en Viena! –exclamé.

Al fin había llegado al país de la elegancia y de los exquisitos gustos musicales.

Con el mapa en manó comencé a caminar hacia el albergue en que me alojaría. A escasos metros de la entrada del recinto alcé la vista y ante mí pude ver una niñita cubierta de mugre, enclítica, famélica y desolada. Abrió las manos ante mi suplicando una limosna mientras dos lagrimas resbalaban por su tez.

Vestida con harapos, temblaba de frío y no pude evitar que la imagen me conmoviera. Me adentré en el albergue y ella me siguió.

Una pequeña risita afloraba entre los tiernos labios de una criatura inocente. La lavé con agua caliente y le deje un poco de ropa, aunque le venía muy grande, le abrigaba más que sus harapos.

Descubrí su nombre, Yamila, intentando entenderla mediante gestos. Cenamos juntas y juraría no haber visto nunca unos ojos brillar con tanta intensidad como los de Yamila ante el plato de comida. La dulce infantita me acompañó durante mi estancia en Austria.

Gracias a ella, recobré la confianza del proyecto del viaje ya que la sensación de soledad no era tan presente.

El primer día, que caminando por las calles de Viena, buscábamos las casas de las familias Shëburg y di Constança, ocurrió un anécdota graciosa, con el violonchelo en mano, un plano de la ciudad con las calles marcadas y Yamila conmigo; andando, un hombre sudoroso, obsceno y grueso se acercó a nosotras, lucía unos ojos retorcidos como los de una bestia enrabiada.

El estrambótico señor danzaba dando tumbos y no controlaba muy bien el paso, debía haber tomado algunas copas, el caso es que el señor dirigió su marcha hacia nosotras. Cuando alcé la vista lo encontré frente mis ojos, frené de golpe, coloqué la niñita tras de mi y sin yo poder reaccionar el señor comenzó a reír.

¡Qué risas!

Rió y danzó y yo seguía en la misma posición. Entonces, comenzó a pronunciar una frase al mismo tiempo que me señalaba con el dedo.

-¡Te has creído que te miraba a ti! ¿eh? ¡Se lo ha creído, se lo ha creído!

Fue un momento de ridículo espantoso, todos nos miraban, y Yamila y yo comenzamos a reír. Fue un momento de felicidad que me hizo sentir en casa.

Después de recorrer media ciudad y más de quince casas, llegamos a una masía que no estaba dentro del la ciudad de Viena, sino en un pueblecito muy cerca que gozaba de un paisaje montañoso lindísimo, Melk . Llegamos a la masía de la familia di Constança y una mujer nos abrió la puerta
.
-Hola, buenos días ¿me comprende? –musité en inglés.
-Sí, ¿en qué puedo ayudarle? –respondió.
-¿Perdone conoce usted a Pietro di Constança? –inquirí.
-Sí, era mi hermano. -confesó.


Enseguida me invitó a entrar en la casa y me convidó a sentarme a su lado. Le expliqué la experiencia que estaba viviendo y emocionada me narró la historia de su hermano:

-Pietro estuvo malviviendo por países del mundo durante años. Finalmente, se instaló aquí, en Viena, y parecía irle todo bien, ya que se había reencontrado con un viejo amor, creo que era tu abuela, Marta.

Era alto, moreno y sus ojos eran de color esmeralda más intenso. Toda su vida la dedicó al instrumento que finalmente le quitó la vida.

De repente la conversación se detuvo bruscamente y la joven mujer con mirada chispeante sorbió un poco de agua. Acto seguido la conversación continuó.

-Todo sucedió la noche que Pietro y Marta interpretaron el Concierto para dos Violonchelos en el Palacio de Schönbrunn. La mañana del fatídico día 31 de diciembre del 38, la pareja se dirigió al palacio para realizar unas pruebas de sonido y para acabar de ensayar algunos pasajes . Cuando la noche llegó, la pareja realizó una espectacular y exquisita actuación, haciendo levantar al público de sus butacas cuyos aplausos retumbaban en los corazones de los intérpretes. Al salir de la sala, ya habiendo recogido sus camerinos, ambos se dirigieron a la salida trasera para evitar a la multitud, no había nadie en los alrededores y la ciudad se hallaba sumida en una profunda oscuridad. De repente dos voces se oyeron y dos cuerpos masculinos completamente cubiertos por túnicas grisáceas se abalanzaron sobre ellos. Uno de los individuos llevaba consigo un machete y apuntando a la cara de Marta le exigió que le entregara el instrumento.

Marta permaneció estática sin pronunciar palabra mientras Pietro se interponía entre ella y el ladrón introduciendo este el arma en su abdomen y cayendo el músico, fulminado.
Entonces apareció la guardia de palacio y los dos sujetos se esfumaron. El cuerpo de Marta tembloroso cayó desconsolado al lado de su moribundo amante, rompiendo a llorar sin consuelo posible.


Al día siguiente ella vino a mi casa y me contó lo sucedido, poco después se llevó a cabo un funeral y dos días más tarde se marchó de Viena.

El día del entierro vino preguntando por ella un hombre joven y apuesto. Decía poseer unos documentos que pertenecían al constructor del violonchelo. Marta mantuvo una distendida conversación con el varón en la que pudo observar los escritos.
Mantuvimos correspondencia postal durante varios meses pero con el paso del tiempo, cada vez nos escribíamos menos hasta que dejamos de hacerlo. Se que se marchó a Hungría y que allí estuvo conviviendo con una mujer, Isabel, la única conocedora del contenido de los manuscritos.


Marta me contó un importante secreto antes de partir: se marchó embarazada de un bebé que hoy en día sería mi sobrino.

Quedé sorprendida y desconcertada de la conversación que había mantenido con aquella mujer. Mis esquemas se habían roto, el violonchelo parecía haber adquirido un valor supremo y Marta, mi abuela, en aquellos tiempos había quedado embarazada de una persona que podía ser mi propia madre o una hermana de ella.

Decidí que mi labor en Austria había terminado ya que allí no hallaría respuestas, así que, me dispuse seguir buscando.

El momento más duro del viaje fue la despedida de Yamila, la niñita huérfana que me había acompañado durante toda mi estancia en Austria.

Confesó haberme convertido en una hermana mayor para ella, dijo nunca haber recibido nada semejante de nadie. Al oírla nos fundimos en un abrazo y un adiós surgió entre mis labios mientras las pasos me alejaban de ella y su rostro esbozaba una mueca afligida y apenada.

Acto seguido subí al tren que me llevaría a Hungría.

domingo, octubre 05, 2008

EL GUARNERI DE GESÚ CAPITULO III




CAPÍTULO III

París, 26 de noviembre de 1937

Estimada Familia,
Me hallo en Francia, un país precioso. Me han convidado a tocar en el Palacio de Versalles donde esta noche me dispongo a interpretar la Suite nº3 en Do Mayor de Bach . Me alojo en la casa de un galán que conocí en el tren que me trajo hasta este lindo lugar. Su nombre es Emmanuel Pierrot y es pintor. Conoce muchas personalidades y gracias a él estoy realizando conciertos. Poco a poco voy adquiriendo fama y un poco de dinero. He visitado la Torre Eiffel , un precioso monumento de metal. También he visto Notre Damme donde tocaré pasado mañana la obra Pieces en Concert de Couperin . Lo que me está pasando es un regalo del cielo. He conocido gente especial como Marylin Forret y Francine Pairderon, dos violinistas con las que he tenido el gusto de tocar. Cuando regrese a España, algún día las conoceréis. Ahora estoy en París pero en escaso tiempo volveré a viajar allá donde me lleve el destino. Espero regresar algún día, pues añoro vuestro cariño.
Con muchísimo amor:



El viaje en autobús fue extenso y fatigoso pero estimulante. Llegamos a París el día 2 de septiembre a las diez de la noche. El autobús no paró muy lejos del albergue en el que iba a asentarme unas noches. Estaba espantada pero durante la marcha conocí a una joven.

Se llamaba Susanne e iba a alojarse con unos amigos en la misma posada que yo. Ella no procedía de España sino que provenía de un aldea francesa de la costa, La Rochelle . Di gracias a este último curso, que había estudiado francés en el colegio y me espabilaba bastante bien. Susanne me presentó a sus camaradas y esa noche lo pasé divinamente.

Cuando, en España organicé el viaje, investigué los nombre de Pierrot, Forret y Pairderon y me salían unas veinte casas que se ajustaban a los apellidos. El día posterior de mi arribada me encaminé hacia el centro de París con el violonchelo en mano. Con un mapa de la ciudad indagué casa por casa y, después de andar todo el día llegué a una casa donde ocurrió algo especial:

-Buenos días, mi nombre es Noa y vengo de España. Me gustaría saber si usted es Emmanuel Pierrot. Dispense la intrepidez y mi tono de voz pero llevo todo el día buscándole.
-Efectivamente, mi nombre es Emmanuel Pierrot, ¿en qué le puedo ayudar?
En ese instante una luz iluminó mi gesto, le hubiera abrazado sino hubiese sido por su avanzada edad.

-¿Conoció usted a Marta Brunell? ¿Es usted pintor? ¿Qué sabe de Marta? ¿Y de su violonchelo?...


No podía parar de preguntar y preguntar. El afable señor me invitó a entrar en su vivienda y me ofreció un plato de comida mientras me relató la historia de su vida:

-Hace muchísimo tiempo, por el año 1937 conocí a una joven muchacha como tú, viajaba sola y con un violonchelo. Yo, por aquel entonces era joven y apuesto, no como ahora –esbozó una sonrisita–.

Comenzamos a platicar en el tren hasta llegar a París. Hablamos mucho, muchísimo. Era una moza culta, y ávida por vivir. Como no tenía donde alojarse le ofrecí una habitación en mi pequeño piso. Convivimos poco más de un año. En esa época era un pintor reconocido y trataba con muchas personalidades. La fui presentando a mis cofrades y un día tocó. Divina la música que emanaba de aquel instrumento.

Recuerdo el momento en que empezó a tocar, toda la sala enmudeció y, ella, en medio del escenario, en una silla y con los ojos cerrados, tocó. Esas notas descendían del cielo. ¡Cuánta belleza en aquel instante! –sus ojos se habían encandecido–.

A partir de entonces no le carecieron ofertas para tocar aquí, o allí. Tocó para nobles y burócratas en el Palacio de Versalles, en Notre Dame... su fama crecía pero ella no podía quedarse indiferente, necesitaba viajar. Cuando hubo obtenido la suficiente suma de dinero se marchó a Austria, y desde entonces no he vuelto a saber de ella.

Atesoro un cuadro que pinté donde se la ve a ella en medio de un escenario tocando. Te lo regalo Noa, espero que esto te haya servido.

Me emocioné tanto al oír la historia que no me pude contener, me abalancé sobre él y le abracé.

Contemplé el cuadro, era de pequeñas dimensiones pero se apreciaba bien su bello rostro de facciones suaves y mirada cansina, labios perfilados y rojos como el carmín más intenso, y el violonchelo parecía ser maravilloso.

Era la primera vez que vislumbraba a Marta y la imagen me conmovió, una pequeña damisela que se agrandaba en escena. Su cabello era largo, negro como el azabache y ondulado cual olas en el mar, su delgada figura se insinuaba bajo un vestido carmesí con tonalidades oscurecidas. Su colocación era perfecta, una espalda erguida y unos dedos magníficamente situados en la cuarta posición . Sentí una dulce semejanza a mí y entonces comprendí por qué el destino me había llevado hasta ella, de su experiencia aprendería y realmente lograría alcanzar conocerla.

Después de cenar regresé al albergue, me vestí con mis mejores galas y me dirigí a ver un concierto de la Orquesta Sinfónica de Francia en el que interpretaban el Concierto para dos violonchelos de Vivaldi . Una interpretación hermosa por parte de dos violonchelistas convidados al Museo del Louvre .

Al regresar hacia casa me detuve en una cabina y llamé a casa. Mi madre estaba apenada, llorando. Les expliqué que estaba bien, que pronto retornaría. Prometí llamar diariamente y así, se sosegaron.

Al día siguiente, cogí mi violonchelo y en el mismísimo barrio de Montmatre toqué. Estuve toda la mañana y toda la tarde recogí el suficiente dinero para acabar de pasar unos buenos días en Francia.

Ya estaba preparada para embarcarme en el siguiente viaje hacia Austria, tal como indicaba la siguiente carta.

Con mi violonchelo y mi maleta me subí a un nuevo autobús que me llevaría a Viena.

Había superado el miedo que en un principio me dominaba. Pero después de tan valiosa experiencia en Francia y el haber intimado con Susanne me dio confianza para seguir con el plan de conocer a Marta.

Ya sabía cómo tocaba y la extraordinaria persona que era, sabía que allí no encontraría el violonchelo, pues ella se había marchado a tocar a otro país. No sabía que me esperaría en Austria pero ansiaba saber más de Marta ya que había marcado con una huella vital a todos aquellos que la conocieron.

EL GUARNERI DE GESÚ . CAPITULO II












CAPÍTULO II

Cuando el viaje finalizó regresamos a casa y mi vida recuperó la normalidad. Retomé mis estudios académicos así como los musicales. Pero desde aquel amanecer en el Sahara , mi vida había experimentado un cambio. El violonchelo había pasado a ocupar un primer lugar en la lista de mis valores. Me empleaba días en él; explorando, aprendiendo.

Innumerables veces me desmoralicé e incluso sentí ganas de renunciar a todo, pero al releer las cartas, todo volvía a recobrar su sentido.
Estudiar el chelo es muy sacrificado, horas y horas de ensayo para muy poca recompensa a corto plazo.

Hacía ocho años que estudiaba el chelo y llegó una importante prueba para mí. Debía tocar en una audición en el conservatorio, ante doscientas personas. Llevaba dos meses estudiando el concierto nº 4 de Goltermann en Sol Mayor. Cada día subía al desván colocaba mi atril y mi banqueta frente al espejo, desenfundaba el instrumento, tensaba el arco y le aplicaba resina , afinaba el chelo y comenzaba con una escala , el arpegio y las terceras . Cuando ya había calentado, iniciaba el primer movimiento del concierto. Primero lo tocaba a tempo lento para afinar bien. Me gustaba la cadencia con que principiaba, do sostenido seguido de un arpegio hasta terminar en sol, entonces entraba el piano, cerraba los ojos y me dejaba llevar. Las notas salían de dentro de mí haciendo vibrar todo el instrumento. Una vez terminado el primer movimiento con un re uno , respiraba profundamente y tocaba el segundo, macilento, melancólico. El que más me gustaba era el tercero aunque fuese el más arduo .

Una de esas tardes después de tres horas seguidas de intenso ensayo sin receso, descansé. Los dedos me dolían y unos callos habían aflorado en mis yemas.

Salí a pasear. Era un día crudo y lluvioso. Me dirigí a un parque donde nunca había nadie, extendí los brazos y alcé la vista al cielo. La lluvia bañaba mi tez y yo danzaba con una música marcada al paso de la caída de las gotas. Mi pelo negro, cada vez más mojado, danzaba a mi ritmo. Fue un momento de felicidad, libertad.

Regresé a casa calada hasta los huesos, y mi madre, al verme, sonrió. Creí que se disponía a regañarme, pero sabía cómo me complacía la lluvia y que era un momento de paz que a veces necesitaba, tal vez demasiada presión entre los estudios y demás.

El día de la audición había llegado. A las cinco de la tarde Sandra se presentó en mi casa para ayudarme y animarme y, sobre todo, para tranquilizarme. Me vestí de negro, recogí mi pelo y me maquillé un poco. Nos dirigimos hacia el conservatorio. Fui a un aula a calentar un poco y me dirigí hacia el backstage . Me crucé con David por los pasillos y me deseó suerte, esbocé una sonrisa de gratitud. Era mi turno, las rodillas me temblaban, no sabía si tocar, salir corriendo o ponerme a llorar, pero debía enfrentarme a esa prueba. Salí al escenario con una sonrisa y, como respuesta a los aplausos, saludé.

Coloqué la cinta en el suelo y le solicité el la al piano, afiné y le procuré un gesto de asentimiento. Comenzó y pocos segundos después entré yo con mi cadencia.

Poco a poco me fui sintiendo más segura, pero al llegar al tercer movimiento erré.

Terminé lo mejor que supe, saludé y al salir del escenario rompí a llorar. No lo podía creer, ¿meses de ensayo para esta recompensa? Entonces, David vino hacia mí y me felicitó por la actuación. No lo podía creer, por fin me hacía visible para él.
Los días pasaron y superé el amargo trago del concierto. David ya hablaba conmigo y paulatinamente me acercaba a él. Cada vez estaba más embelesaba, nuestras miradas se cruzaban, y mariposas volaban en mi vientre.

Era un muchacho disímil, con él las palabras sobraban, simples miradas o gestos ya lo expresaban todo. Reparé en un pequeño cambio en él, hasta ahora siempre me había visto como una chiquita y ahora, como algo más. Nuestras conversaciones eran cortas pero intensas, su mirada era desconcertante y jamás sabía qué pensaba cuando me miraba, pero no había maldad en sus ojos. Dentro de mí brotaba un sentimiento, un capullo florecía y tímidos pétalos estallaban en su belleza más álgida. Mis pensamientos no exhibían sordidez, sino la pureza, candidez y la admiración de cualquier pipiola frente a un amor platónico.

Un día, sentada en las escaleras del conservatorio, apareció y se acomodó a mi lado. Entablamos una plática y de improviso, el silencio. Me armé de valor y sostuve la mirada, impávida. El instante se tornó eternidad y estuve a punto de romper el hielo con una sonrisita, pero no lo hice. Le miraba los labios, carnosos, sonrosados y un milagro ocurrió, un beso dulce y tierno fundió nuestros labios. Dos lágrimas caían por mi gesto, cerré los ojos y eternicé ese momento. Estuvimos un rato mirándonos sin pronunciar palabra. Sonrió, se levantó y se marchó tal como había venido.

Me quedé sentada en esas escaleras, inamovible. Recordando su dulzura en mis labios.
Ahora debía pensar en mi futuro, pues cursaba el ultimo curso académico. Seguía analizando las cartas y una idea irrumpió en mí: podía viajar e ir lejos a encontrar el paradero del instrumento, pero sabía que mis padres no lo aceptarían.

El curso transcurrió con normalidad, ir al instituto, a música, salir con los amigos y con David. Cuando llegó el último día de clase, todos los compañeros nos despedimos, fue un poco triste, pero entendíamos que por delante nos quedaba toda una vida. Llegó el primer fin de semana de verano y los amigos fuimos juntos a la playa, nos explayamos mucho. Aún no tenía claro qué hacer en cuanto acabase el verano, pero aquella idea de viajar cada vez me inquietaba más y más.

El día 7 de julio llegó a casa una importante carta:

Budapest, 25 de junio de 1978
Familia Brunell,

Mi nombre es Isabel Petrov. Conviví con Marta Brunell durante el año 1940, acá en Hungría. Es la mejor persona con la que jamás he intimado y cuyos recuerdos guardo con estima, entre los que se hallan unas partituras de incontable valor. Ruego, por favor, que alguno de los miembros cercanos a la señorita Brunell venga a recoger dichas partituras y con mucho gusto le ofrezco mi casa para acomodarse y así conocer el lugar del nacimiento de la hijita de Marta. Durante años, he deseado contactar con ella pero lo único que he localizado es esta dirección que concuerda con el nombre de la infantita que aquí mismo alumbró.
Espero no ocasionar contrariedades y me despido con mucho afecto:

Isabel Petrov


Era mi billete de ida y, quizás, no de vuelta hacia el viaje de mi vida. Nos había escrito Isabel, una amiga de la abuela cuando estuvo en Hungría. Decía poseer unos recuerdos muy especiales aguardando la llegada de algún pariente cercano para recogerlos. Ese escrito hizo resurgir en mi madre un recuerdo escondido en su interior que solo había manifestado en Túnez, y en mí un rayo de esperanza.

Expuse el tema a Sandra y a David, y lo estuvimos hablando largo y tendido. Nos detuvimos a pensar el modo de comentar a mis padres que me quería embarcar en un viaje que debía hacer sola.

Determiné ponerme a trabajar para ahorrar y partir lejos. Saboreé al máximo ese estío, pues era el último que viviría con mis amigos y sobre todo con David. En agosto, decidí comentar a mis padres la idea de irme un tiempo. Obviamente su respuesta fue una negativa contundente y mi reacción, pueril, fue la esperada.

Me eché a llorar y subí corriendo a mi habitación; me planté ante el ordenador y busqué rutas por los países de las epístolas. Toda la noche moldeando un perfecto itinerario que debía comenzar el 1 de septiembre.

Recopilé las cartas de la abuela y ordenándolas por la fecha de los sellos, planifiqué una ruta: primero la bella Francia; días después, Austria, con la capital de la música, Viena; Hungría para visitar a Isabel; Ucrania; Polonia y, el fin, República Checa. El viaje debía llevarme un mes para alcanzar mi objetivo: saber de Marta y encontrar el preciado violonchelo.

El día 29 de agosto convidé a Sandra a comer. Hablamos y le mostré mi trayecto, entristecida por la idea de no verme me ofreció un abrazo cómplice y nos despedimos. Por la noche, cené con David y aunque cabizbajo me ayudó a enfrentarme a mi destino, debía hacer lo que me dictase el corazón. Me animó a embarcarme en ese éxodo, aunque eso supusiera un distanciamiento entre ambos y tal vez la ruptura de nuestra relación. Sus palabras fueron:

-Noa, haz lo que debas, vive, aprende y no me olvides, porque yo no lo haré.
Nos despedimos y nos fundimos en un beso eterno que dentro de mí jamás dejará de existir.

El día 1 de septiembre fue vibrante y caluroso, al despuntar el día una luz hermosísima bañaba mi rostro al despertar. Después de almorzar, arreglé una pequeña maleta con ropa. Recogí el violonchelo y unas cuantas partituras. Ese día mis padres habían ido a la playa con mi hermanito. Cuando lo hube recogido todo, empecé a escribir una carta donde explicaba a mis padres y a mi hermano que había reunido dinero y que me marchaba tal como les había comentado. Les suplicaba que no se enfadasen conmigo y que pronto estaría de vuelta. Prometí escribir cada semana desde cada ciudad en que estuviese. Les rogué que no se preocupasen, que estaría bien.

Firmé la carta y al colocarla en la mesa del comedor, un escalofrío recorrió mi cuerpo. Por primera vez, sentí temor por marcharme, en ese momento, estuve a punto de abandonar mi propósito pero recordé las palabras de David y, aun con dos lágrimas resbalando por mi rostro, cogí la maleta y el chelo y me marché hacia un autobús que me llevaría a Francia.

Cuando subí al autobús, estaba emocionada; no sabía qué me depararía el destino, pero sabía que estaba haciendo lo que debía. Abrí un pequeño diario que escribía desde chiquita y cogí un bolígrafo y redacté las primeras sensaciones. Ahora ya estaba embarcada en un viaje, el viaje de mi vida.

EL GUARNERI DE GESÚ







EL GUARNERI DE GESÚ
DE
MARTA MULERO VINUESA

Es fácil publicar un libro , o relativamente fácil , lo difícil viene después de la publicación, dependende mucho de quien lo lea , de como se distribuya, de la Editorial , del inteés que tenga tu editor , y de muchos factores.
Marta, mi hija, con 17 años escribió esta novela que hoy verá la luz en mi blog

Le deseo mucha suerte , yo solo haré de transcriptora de sus textos. Es una novela única, y nunca se ha leido por ningún lector. A ella le supuso un sobresaliente en su curso ...
Pero dejemosle paso ..

Habla Marta ...


Este trabajo representa para mí un duro reto personal. El hecho de redactar una novela se ha convertido en un anhelo prácticamente inalcanzable, pero realizable. El tema, la historia de un violonchelo a través de la apasionante aventura de una joven muchacha, no ha supuesto una difícil elección, ya que desde hacia ya bastante tiempo se hallaba entre mis proyectos, además, el violonchelo es mi vida y no me supone ningún problema trabajar en él, ya que en él empleo muchas horas, ya sea en el conservatorio o en casa.

Uno de los puntos más enriquecidos que llevé a cabo fue una entrevista con las maestras luthiers: las hermanas Soler. Me dirigí a Barcelona y, en su taller personal, mantuvimos una charla en la que descubrí la profesión de los luthiers y la construcción de los instrumentos; así como, la existencia de un violonchelo único en el mundo atribuido a Guarneri de Gesú, un luthier que construyó bellísimos instrumentos, valorados hoy a un alto precio. El título del trabajo es El Guarneri de Gesú; pues del mismo modo que cuando hablamos de un cuadro de Picasso lo llamamos “un picasso”, en este caso, como el instrumento es único en el mundo lo llamamos “El Guarneri de Gesú”, y no, “Un Guarneri de Gesú”.

CAPÍTULO I

Era una tarde lluviosa de invierno y opté por quedarme en casa para practicar unos pasajes de la obra que estaba trabajando. Decidí subir al desván, pues era el lugar con la mejor acústica de toda la casa. Además, el suave murmullo de la lluvia me acompañaba.

Preparé un atril y mi banqueta. Era muy antigua y de color rojo oscuro. Esa fue la primera vez que de veras me fijé en esa banqueta. Desde pequeña siempre la había usado para ensayar con el violonchelo. Permanecí atónita unos segundos y me dispuse a empezar. Comencé por la escala de do menor. Acto seguido toqué la pieza entera y me estanqué en cuatro endiablados compases . Paré enfurecida, respiré hondo y cogí mi metrónomo .

A tempo lento recomencé poco a poco a estudiarlos meticulosamente, tal como me había explicado el profesor. Al cabo de dos horas logré solucionarlos. Entonces una fuerza invadió mi sangre, fluyendo por mis venas, que me hizo sentir como en el escenario del Royal College de Londres , imaginé ser Jacqueline du Pré y me dispuse a hacer la mejor interpretación de mi vida de la Elegía de Faurée .

Cerré los ojos y toqué. Noté como los sentimientos se adueñaban de mí, ya no era capaz de controlarlos, no podía parar, los dedos iban solos y no me tenía que preocupar por nada, solo por cantar a través del chelo .

Puse toda mi alma en los cuatro malditos compases y cuando me di cuenta ya había terminado. Dos gotas de sudor resbalaron por mi frente y, entonces, decidí tomarme un respiro. Me levanté y empecé a rebuscar entre los enseres del desván. Nunca pude llegar a imaginar el cúmulo de antigüedades, alhajas, revistas... que había allí.
Encontré un baúl grandioso cuyo interior encubría unos vestidos exquisitos. Me probé uno y dancé. Me sentía princesa.

De repente, mi madre apareció por la escalera del desván. Al verla sonreí, me miró de arriba abajo y su rostro esbozó una extraña mueca. Automáticamente exigió que me lo quitara y que jamás volviera a ponerme ese vestido ni ninguno del arca.
Pregunté repetidamente el porqué de su reacción y ella siempre respondía lo mismo:

–Eres demasiado joven, algún día lo sabrás.


Pasaron los días y la incertidumbre seguía carcomiéndome.
Un sábado por la tarde salí con Sandra, mi mejor amiga, y le conté todo lo sucedido. Le picó la curiosidad y propuso ir a casa y averiguar el misterio que rodeaba a los vestidos.

Subimos a la buhardilla sigilosamente, pero las escaleras crujían a causa de su vejez. Mi madre me llamó y preguntó qué iba a hacer allí arriba. Sandra, que era muy hábil en inventar excusas, sugirió que íbamos a hablar de chicos y que arriba era el lugar más placentero para hacerlo; pues podíamos escuchar música. Seguidamente esbozó una sonrisa picarona a la que mi madre respondió con un gesto de conformidad.
Observé los ojos de Sandra. Reflejaban un interés casi desorbitado por resolver el enigma. Abrí el baúl de los vestidos y los revisamos uno a uno. En todos aparecía bordada una letra, la M.

Posteriormente, inspeccionamos meticulosamente cada rincón de la estancia. Hasta que topé con un pequeño cofre.
No sé por qué, pero me llamó la atención. Era de madera y en el anverso aparecía una placa de bronce en la que se leía: Marta.

Sandra musitó:
-Es como la M de los vestidos...


El misterio parecía que se iba a solventar en cuanto abriera ese diminuto cofre. Sabría quién era Marta y por qué mi madre me había prohibido saber de ella.
Intenté abrirlo pero estaba cerrado. Un candado sellaba mi respuesta.
Sandra y yo pasamos tres horas ansiando encontrar esa maldita llave, pero fue imposible. Así que desistimos.

Los días pasaron y olvidé el tema.

Seguía haciendo mi vida normal. Cada mañana iba a clase y me pasaba el día hablando de chicos con Sandra. Por las tardes iba a música.

Hacía poco tiempo que había ingresado en el conservatorio y conocía a muy poca gente. Aunque allí conocí a mi amor platónico, al que aún no he conseguido olvidar.
Cuando era pequeña, tuve una profesora que verdaderamente me hizo amar el violonchelo. La recuerdo perfectamente. Era alta, delgada y un poco ruda en la manera de arreglarse. Su pelo era muy largo y rizado, sus ojos grandes y su corazón rebosaba dulzura. Ella siempre creyó en mi talento y me llevó a la orquesta donde conocí a David, mi amor platónico; el mismo que años más tarde reencontraría en el conservatorio.

Tardé tres días enteros en ser capaz de dirigirle la palabra, pero lo logré.
Sumida en mis problemas amorosos abandoné el tema que realmente cambiaría mi vida: ese cofre.

Un día, al volver del conservatorio mamá me pidió que le ayudara a arreglar su armario. Asentí y nos dirigimos a su alcoba. Vaciamos la ingente cantidad de ropa que acumulaba y con paciencia la fuimos recolocando.

En muchas ocasiones, mantenía conversaciones agradables con mi madre ya que demostraba que realmente le preocupaban mis problemas amorosos. Además, nos reíamos un rato juntas.

Colgué un vestido que me recordó a los del gran arca del desván. Tenía un pequeño bolsillo en el interior. Lo palpé y había algo allí adentro.
Sabía que allí estaba la llave, pero no hice gesto alguno por no encontrarme una inesperada reacción de mi madre. Así que lo colgué con total naturalidad.

Al día siguiente al levantarme, no me encontraba muy bien y vomité, así que permanecí en casa toda la mañana. Después de dormir largo y tendido desperté y me dirigí, sin pensarlo dos veces, a la habitación de mi madre.

Abrí el ropero e introduje la mano en el diminuto bolsillo del vestido. ¡Ahí estaba! ¡La llave! Subí las escaleras jadeando y en un rincón del cuarto estaba el cofrecito. Abrí el candado. Mis ojos se habían iluminado. Anhelaban encontrar un tesoro, pero hallé unas cartas. Ocho escritos dirigidos a mamá.
Las leí detenidamente. No sabía quién las había redactado, pero me sentía identificada con la autora de las mismas.

La dama firmaba como Marta y explicaba la historia de su vida, un emocionante viaje por Europa con su violonchelo. Ignoraba quién era, pero quería ser como ella. Además de las ocho cartas había otra y esta la había escrito un hombre.
Era Charles Edward Smith , uno de los luthiers más prestigiosos del mundo. En esta carta expresaba un especial interés por el violonchelo de Marta. El instrumento destacaba por la calidad del material, su belleza y su sonido. Ofrecía una cifra muy modesta por la adquisición de este.

Estaba emocionadísima por lo que acababa de leer.

Eran las dos y media del mediodía y como las clases ya habían terminado, llamé a Sandra. En escasos minutos apareció por la puerta. Me trajo las tareas que debía hacer para el día siguiente. Subió apresuradamente al desván. Le mostré las cartas y las leyó con avidez. Sonrió y preguntó quién era Marta. Me malhumoraba no saberlo y era incapaz de entender el motivo por el que mi madre siempre me lo había ocultado.
Sandra se quedó a comer. Luego marchó a su habitual clase de inglés.
No osé preguntar nada a mi madre.

Por la noche no podía dormir. Me imaginaba viajando por el mundo con mi violonchelo.
Al día siguiente acudí a mi clase de violonchelo, le llevé el escrito del luthier a mi profesor. También estaba emocionado y me comentó que ya intentaría investigar el paradero del preciado instrumento.

Los días transcurrieron con total normalidad. Nunca encontraba el momento adecuado para hablar de Marta con mi madre.

Cada noche leía y releía las mismas cartas. Yo sentía el deseo de viajar, pero solo tenía dieciséis años.

Los meses transcurrieron hasta que llegó el día de mi cumpleaños.

Primero lo celebré con los amigos. Organizamos una fiesta descomunal en la que lo pasé de muerte.
Un día más tarde lo festejé con la familia. Me regalaron montones de ropa, joyas y demás. Entonces, después de tan bonita velada, sentí que había llegado el momento. Conduje a mi madre hacia el desván y le mostré la cajita. Un tanto enfurecida me recordó que tenía prohibido rebuscar entre esos baúles. Se pasó un buen rato intentando convencerme de que no tenía por qué saber nada aún, que era demasiado joven.

Pero yo sentí que el momento había llegado. Necesitaba oír que ella, Marta, era alguien especial, ya que sin conocerla, algo muy excepcional nos unía.

Con ojos llorosos y mirada firme, se dispuso a relatarme la historia de aquella mujer. Comenzó pronunciando:
-Noa, Marta fue tu...
Mi hermano pequeño irrumpió en la sala perturbando aquel instante.
-Mamá me encuentro mal –dijo–.
-Manuel, ve abajo que ahora mismo voy –respondió ella–.

Decidí desatender el tema para que mi hermano obtuviera su atención. Sabía que era pequeño y como tal, cuando no le hacían caso, provocaba situaciones para ser escuchado.

Llegaron las vacaciones de Navidad y la familia al completo realizó un viaje a Túnez .

Primero nos dirigimos a la Ciudad Condal, Barcelona, para ir al aeropuerto. Mi hermanito estaba muy emocionado, pues era la primera vez que viajaba en avión.

Yo estaba embelesada, nunca había viajado a un país árabe, no conocía la cultura, y tenía muy mal concepto de esta. Temía ser tratada con inferioridad por el hecho de ser mujer. Pero la idea de visitar un paisaje exótico y desconocido me inquietaba.

Mi hermano no nos permitió gozar de un vuelo tranquilo y agradable. No permanecía sereno en la butaca, no paraba de saltar y solicitar a la azafata. Al final se durmió. A mí no me preocupaba demasiado ya que iba escuchando música y observando el mar y, posteriormente, la linda silueta del continente africano. Transcurridas dos horas y media, aterrizamos. Bajé del avión feliz y cansada. Tardamos más de media hora en cruzar la frontera. El control de seguridad era descomunal. Debías redactar pequeños documentos, que si al salir del país no entregabas, te imposibilitaban el regreso.

Llegamos al hotel. Era hermosísimo. Construido a modo de casa troglodita , bajo el suelo, se extendía el gran número de habitaciones y estancias diversas. Al caer la noche nos dirigimos a una pequeña sala donde conocí a un chico. Su nombre era Mahrib, un berebere de profundos ojos azules y piel canela, con el que hablé y aprendí mucho sobre su cultura.

Los días en el excitante país transcurrieron apresuradamente. Pero la excursión que más recuerdo es la del desierto. Al bajar del coche miré al horizonte, tan sólo divisaba arena, un mar de polvo y grava me rodeaba. El ocaso alcanzó su punto más álgido dibujando las disparejas dunas, que en segundos se desvanecieron. Pocas horas antes de rayar el alba, me senté a contemplar la salida del sol. El frío se tornó calor, en el suelo apareció trazada mi sombra, y una vez más ya se podía percibir el infinito; inacabable, impermutable, inalcanzable.

Entonces un sentimiento se adueñó de mi ser, sentí que debía conocer, salir y ver más. Mi mundo se limitaba a mi pequeña ciudad, desconocía todo cuanto se hallaba fuera de esta. Entonces apareció mi madre. Se sentó a mi lado y sin que yo mediara palabra comenzó:

-Noa, Marta fue tu abuela. Nació y vivió hasta los diecisiete años en Barcelona. Amó el chelo desde temprana edad. Un día vio a un músico bohemio tocando en Las Ramblas con un viejo chelo y sentado en una piedra. Desde aquel momento cada día durante los dos años posteriores estuvo yendo a verle para aprender de él. Los padres de Marta gozaban de una buena situación económica y la niña recibió clases de violonchelo. Pero aquel bohemio la eclipsó. Cuando este hubo reunido la suficiente suma de dinero se marchó a otro país para seguir compartiendo música, experiencias y vida con otras personas y, sobre todo, para seguir conociendo.
El haber conocido al jovenzuelo le cambió la vida y se dedicó por completo a su instrumento, poniendo en él alma y corazón. Al morir su madre supo que su vida no estaba allí y determinó marcharse a conocer, como lo había hecho el chico bohemio. Estuvo en los países de los que has encontrado vestidos y cartas. Desde la última epístola no he vuelto a saber de ella y mi padre nunca me contó nada. Supongo que unos profundos celos le corroyeron porque ella, sin decírselo, siempre amó al bohemio y, aunque él nunca me lo confesó, al final la llegó a odiar de tanto que la amaba.


Imagino que es por esto que no sé más. Jamás te he relatado nada de ella porque siempre he supuesto que desertó de mí y esto me ha hecho sentir indefensa y vacía, sin el cariño de una madre.

Mamá finalizó el discurso y rompió a llorar. Yo no sabía qué decirle o cómo consolarla. Pero lo que más me desconcertó fue lo que sentí. Sabía que debía experimentar pena y dolor por ella, pero tenía más ganas de saber qué fue de Marta, por qué abandonó a mi madre, si realmente lo hizo. El silencio se adueñó de mí y solo osé abrazarla, mirando al infinito esbozado entre colinas arenosas.