martes, febrero 24, 2009

NECESITO URGENTEMENTE UN GUIONISTA






Y ahora que estamos hablando de cine, se me ocurre una petición que por lo descabellada puede ser que se haga realidad.
Próximamente voy a publicar la versión catalana de Mirsada Kukcovic “La voz de los inocentes “mi ultimo libro publicado.
Siempre he creído que este libro era un guión cinematográfico, y que se podría adaptar perfectamente para rodar una película.
De hecho ya cuando lo escribía siempre me dio la impresión de verlo más que una novela, en la pantalla grande.
La guerra de los Balcanes, es ya una guerra olvidada, quizás porque no fue demasiado mediática, sin embargo nunca debemos olvidar lo que ocurrió allí.
Como, y en la distancia, Mirsada la protagonista estuvo en campos de concentración, y como pudo salir de allí.
La historia basada en un hecho de real, y contada en primera persona por la propia Mirsada es un relato estremecedor, que ha hecho de éste libro un pequeño bet seller.

Como en Internet todo es posible , y por lo que se creo para presentarlo a un director de cine , la novela ha de estar confeccionada como un guión .
Desde aquí, llamo al éter, y a algún guionista que quiera trabajar en mi novela, para después poder entregarlo a un director que se atreva con esta historia.
El éxito esta garantizado.

Muchas gracias
Angels Vinuesa

http://perso.wanadoo.es/dcasellas/labusca/biga/labiga24.html

Un aperitivo ...

TRNOPOLJE


En ese momento no sabíamos que íbamos directas a un campo de concentración. Nos hicieron bajar del autobús y nos obligaron a entrar. Entonces los soldados empezaron a disparar.
Los tiros eran al aire, pero el ruido era atronador. No dejaron de hacerlo en toda la noche.Entramos aterrorizadas, y el colegio ya estaba repleto de gente que ocupaba las clases. Nosotros fuimos directamente al patio posterior.

........Quizás éramos unas mil personas hacinadas en aquel patio que estaba cercado. Cayó la noche, y mi única preocupación eran donde dormirían mis hijos.
Hacía frío aunque estábamos en Mayo. Un fino rocío se dejaba caer en nuestros cuerpos abatidos, helándonos.

Vi a una amiga del pueblo que se alojaba en el remolque de un tractor. Ella estaba con sus cuatro hijos, y al verme me dijo:

-Mirsada, ven con tus hijos, dormirás aquí.-

Seguramente no recodaré nada en mi vida que me hiciese tanta ilusión como aquella invitación de dormir en el remolque de un tractor, y no bajo la intemperie.
Las personas adultas dormían al raso, hacía frío y pensé que al menos mis hijos podrían guarecerse. Aquella amiga me acogió en el remolque, que para mi fue el cielo.
Compartió con nosotros unas migas de pan que le quedaban, y que yo di a mis hijos, que constantemente e insistentemente, me reclamaban que tenían hambre.

Cuando era noche cerrada, sin ninguna iluminación más que la luna que brillaba en un cielo más negro si cabe, pude ver los bultos de mi suegra y mi cuñada que se acurrucaban en un extremo del patio. Pensé que pasarían frío, pero mis hijos eran pequeños y allí no cabíamos nadie más.

La noche fue espantosa, los disparos de los soldados no cesaban, y por más que me tapaba los oídos, y que el cansancio y el hambre me venían, no podía cerrar los ojos. Los apretaba fuertemente, y ¡nada!, no había forma, no pude conciliar el sueño. Desistí cuando ya amanecía.

A la mañana siguiente, pregunté por mi madre y mis tías, supuestamente deberían estar allí. La gente estaba desconcertada, pero casi todos nos conocíamos. Me dijeron que ellas estaban en una clase del colegio. Las busqué denodadamente y al final las encontré.

Sentí una alegría enorme, cuando las abracé, al fin y al cabo estábamos vivas. Mi madre había escondido unos mendrugos de pan que ofreció a mis hijos, yo seguí sin comer. La poca comida que teníamos, prefería que mis hijos la comiesen.

De hecho era feliz viendo a mis hijos comer afanosamente aquel mendrugo de pan.
Parece mentira como la felicidad a veces es relativa. Muchos años después pensé en los sentimientos que tenía en aquel momento, y creo que si hubiese podido plasmarse la felicidad en un cuadro, esa seria la que yo percibía en aquel momento viendo comer a mis hijos.

Yo seguía obsesionada por el paradero de mi marido Samir, me dediqué a preguntar a todo el mundo sobre si habían visto algo.
La gente me daban noticias contradictorias, y bastantes, me aseguraban que le habían visto salir de aquella casa, y subirse a un coche.

Cuando no tienes nada, te agarras a cualquier noticia para no perder la esperanza. Y aunque algunos me decían que quizás ya le habrían matado, yo hacía oídos sordos a estos comentarios,solo escuchando, como hipnotizada aquellos que me daban una pizca de esperanza, y desechando los que me decían que seguramente ya estaría muerto.

-¡Quizás aquel soldado serbio le ayudase!- pensaba.

-Su mirada detrás del cristal de la ventana, aquellos ojos clavados en mi retina. Aquella súplica desesperada por mi parte que le ayudase. ¡Si! ...¡Quizás le ayudara a escapar!- me decía en un monólogo absurdo -¡Al fin y al cabo se conocían del pueblo!.... Eran amigos, porque no le habría tenido que ayudar.

-¡Seguro! –
Estaba segura que la mirada de aquel soldado serbio era la afirmación de que haría todo lo posible por sacarlo de allí.
Me comentaron también que aquel camarero que entró después,lo mataron. Era el amante de la mujer de un soldado serbio, y allí se vengaron.
Yo me sentía de algún modo aliviada. Tenía la certeza que mi marido se encontraría en algún lugar, pero vivo.
Mientras tanto en el campo de concentración todo era horror seguido de otro más grande y penoso.
Cada hora,entraban los soldados serbios, y se llevaban a una persona. Ésta no volvía.
Cada vez que entraban en aquel patio, yo corría con mis hijos a refugiarme dentro del remolque. Pensaba, que si elegían las víctimas al azar, y a mi no me veían, quizás no me llevarían.
¡Que absurdo pensamiento el mío!
En un momento determinado los soldados, nos dijeron que había más gente bosnia que quería entrar en el colegio. Oíamos los gritos, y ellos empezaron a disparar.
Yo me acerqué a la puerta y vi como una mujer caía desplomada a pocos metros de mí. Llevaba un bebé en brazos. El bebé lloraba y yacía junto a su madre muerta.
Era un llanto diferente, no como el de otros bebés.. Era un llanto que te llegaba al alma, como estridente.
Nosotros decíamos a los soldados serbios, que queríamos coger al bebé, ya que la madre estaba muerta, pero no nos dejaban.
Solo reían de aquel momento.
El bebé no dejaba de llorar, y nosotras suplicamos a los soldados que nos dejaran acogerlo.
Ellos ni se inmutaban, y aquél seguía llorando, como si supiese que el cadáver que yacía a su lado, era el de su madre...
Pasaron horas, el bebé seguía llorando, al final uno de los soldados, quizás más porque le molestase aquel llanto, que ya nunca podré olvidar ,que por caridad, nos dejó cogerlo.
Corrimos con él en brazos hacía el interior y buscamos alguna madre que estuviese amamantando... para que pudiese compartir su leche con aquella criatura.

Encontramos a una ,que cedió su leche para que el niño se calmase. Todas estábamos alrededor y cuando el niño al final empezó a mamar y se calló, todas respiramos tranquilas.
Aquella mujer lo recogió, y ya lo tuvo para siempre con ella, o quizás pensara eso en aquel momento.
No tengo ni idea de lo que ocurrió después de aquello.
Nunca más vimos ni a la madre adoptiva ni al bebé que salvamos de una muerte segura e injusta, quizás la más cruel, la de morir al lado del cadáver de su madre.
Ante tal algarabía con el recién nacido, encontré a un profesor serbio que me conocía.
Estábamos todos mezclados, no hay que olvidar que nuestro pueblo antes convivía conjuntamente.
El profesor serbio me dijo que estaba muy delgada.
La verdad es que debía hacer un aspecto deplorable.
No teníamos agua, no nos daban de comer, solo en los atardeceres, algunas gentes de alrededor se acercaban al campo de concentración para darnos comida y agua.
Eso era toda nuestra intendencia, a pesar que dentro del campo había comida que guardaban en una especie de almacén custodiado por soldados.
Curiosamente aquel almacén de comida, era de la Cruz Roja Internacional, aunque a nosotros no nos daban absolutamente nada...
Cuando mis hijos me decían:

-¡Mamá tengo hambre!
Estuve tentada en más de una ocasión en asaltar el almacén. Pero me frenaba el hecho, de dejar a mis hijos huérfanos como aquel bebé que recogimos frente al cadáver de su madre.
El profesor serbio me dijo:

-Mirsada, ¿tienes hambre?-

Yo le dije que mis hijos sí, que yo no importaba.
Estaba adelgazando, en aquellos días que pase allí, perdí diez kilos y mi pelo se volvió completamente blanco. Tenía 32 años entonces.
El profesor se dirigió a Mirsaad que se escondía detrás de mis faldas.
-¿Tienes hambre chico?-le dijo acariciándole el cabello.
El asintió con la cabeza, aunque se echó hacía atrás unos metros.
-Pues ¡ven conmigo!- le dijo haciéndole una seña que le siguiese.

Yo solo pensaba que Mirsaad no dijese nada inconveniente, le hice una seña para que le acompañase. Se dirigieron al cobertizo, y al cabo de poco rato volvió con leche y pan.
Yo sólo le preguntaba:

-¿Te ha dicho algo?,¿te ha preguntado alguna cosa?- le repetía constantemente.
Él negaba con la cabeza mientras se atragantaba con la leche, y comía desesperadamente el pan.
Yo entonces tampoco comí nada, lo repartí con mi hijo pequeñín que tenia cuatro años, y no hablaba ni siquiera una palabra.
Pero eso, sólo fue un día...
¿Y los demás? ¿Que comeríamos?
Me comentaron que había gente que salía del campo a pedir comida, y que los soldados accedían a que saliesen.
Yo le dije a mi madre que yo también saldría a buscar comida, que mis hijos, ya plagados de piojos y diarreas se estaba muriendo.
Una mañana salí decidida hacía la puerta del campo. Allí estaban los soldados mirándome.
-¿Dónde vas guapa?- me decían con sorna.
-Quiero salir del campo a buscar comida – les contesté con la poca dignidad que me quedaba.
-Pero..¿volverás, verdad?- me dijeron.
-¡Claro que volveré!- les dije resuelta.
-¡Sinó, ya sabes!- dijeron en una carcajada y mirando a sus armas...
-¡Mataremos a tus hijos!- dijeron sin el menor pudor.

¡Y eran muy capaces!- pensé yo.
La rabia, la ira y quizás todos los pecados capitales, me rebosaban en aquel momento, pero la única idea que tenia era la de buscar comida para mis hijos.
Bajé la cabeza y asentí.
Salí del campo, quizás anduve unos cien metros, a cada paso que daba pensaba que ellos me estaban apuntando con sus armas, y que podían disparan en cualquier momento.
Pero era más la fuerza que me impulsaba a buscar el sustento para mis hijos. Recordaba aquella mujer muerta y sus bebé. Resonaba en mi cabeza el llanto amargo. Pero seguía caminando. En un momento tropecé y caí al suelo, pero me levanté ante las carcajadas de los soldados a mis espaldas. Estaba completamente aterrorizada.
Llegué a una casa, y les supliqué que me dieran comida y agua. Aquella gente me miraba.
Estaba sucia, llena de piojos, con la ropa destrozada, pero accedieron a darme pan y la carne que tenia para comer. Yo creo que me vieron la desesperación con la que suplicaba algo para mis hijos.
La comida de aquel día de aquella familia me la dieron entera. Yo la cogí egoístamente, ahora lo pienso y siento vergüenza, pero lo hice,y volví al campo.

Cuando me acercaba con la comida, la apretaba entre mis brazos, pensé si los soldados me la requisarían, pero sólo al verme pasar siguieron riendo, y yo corrí a dársela a mis hijos
Me decían entre carcajadas.

-¿Ya has vuelto? ¿Podrías haber escapado?- riendo sin parar.
En mi mente nunca pasó la idea de escaparme. Sabía que si lo hacía, los primeros que matarían serian a mis hijos, volví a agachar la cabeza y pasé delante de ellos.
Aunque nunca más salí del campo, por que ocurrió una situación que me salvó del hambre, del miedo y de la desesperación.


























……Más de ocho años después del final del conflicto, unos 18.000 cuerpos, la mayoría de ellos musulmanes, han sido exhumados de más de 300 fosas comunes en Bosnia. Según la Comisión Internacional para las Personas Desaparecidas (ICMP), 25.000 personas siguen desaparecidas…….


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