martes, julio 20, 2010

Las que van al cementerio






De vez en cuando este pequeño espacio virtual , se llena de una historia anónima , me gusta dar la oportunidad a alguien que nunca la tuvo de ser protagonista por unos minutos y que su historia quite relevancia a la de la actualidad diaria .
Son aquellos personajes entrañables, reales, que asoman tímidamente a mi pluma virtual.
Son esos días en los que restando importancia a cualquier acontecimiento, una persona desconocida, me inspira a escribir y relatar un pequeño retazos de su vida vida.
Hoy es uno de esos días y esta es la historia de Estrella, una madre que quedó colgada en una muerte inútil y terrible, como millones de ellas que han sufrido la pérdida de un hijo en accidentes de automóvil .Para ellas es este relato.
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Estrella es una mujer que roza los sesenta años, se quedó anclada en un duelo patológico que padece hace mas de veinte años.

Un trágico accidente de coche le arrebató a su hijo varón con solo veinte años. Era su hijo predilecto, y aquella muerte, avanzada y repentina la mantuvo durante años en estado de shock.

Por más que su marido, y su otro hijo intentaron que ella se mantuviera en estado sereno , la alteración y el desasosiego no la dejaban vivir .

Su único consuelo era ir cada mañana al cementerio , y pasar allí unas horas sentada en una tumba , que arreglaba cuidadosamente cada día .

Le colocaba flores , limpiaba los alrededores, y se mantenía en silencio pues sus ojos ya se habían secado de tanto llorar. Tenía un sufrimiento seco, alejándose de la realidad imbuida solo por los recuerdos.

Cada mañana invariablemente del tiempo, invierno o verano Estrella se levantaba con una única misión: acudir al cementerio...


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Y pasó la vida , y su otro hijo se casó , y tuvo nietos , pasando por su lado como si se tratase de otra persona , como si esa rutina fuera exterior a sus persona..

Su marido había desistido de insistir que su actitud no le llevaba más que a una vida gris, triste y sórdida. pero ella hacia oídos sordos , y seguía empecinada en lo que se había convertido en su “modus vivendi “, sin que nada de lo que le ocurriera a su alrededor tuviese la más minima importancia.


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Pasaron los años , y seguí viendo a Estrella cada mañana sentada en un banco de camino al cementerio , algunas veces se unía a otras viudas que también seguían el mismo recorrido , y la veía sudando a chorros en verano, y encogida del frío en invierno pero siempre en el mismo camino con paso cansino , arrastrando los pies.

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Enfermó su marido, y un cáncer se lo llevó en pocos meses .La actitud de Estrella fue invariable, enterró a su marido cerca del que había sido el motivo de su existencia, como si aquello fuera algo ajeno a su problema.
Ahora tenía dos tumbas a las que asistir, la de su hijo y la de su marido, ponerle flores y arreglar los alrededores.


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¿Cuántos años han pasado, veinte? los mismos que un día le arrebataron a su hijo en un accidente maldito.


Pero para Estrella ese es su sino , si algún día falta porque no se encuentra bien se siente mal, y cuando se encuentra algo mejor se dirige a su visita diaria.

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Esta mañana hace un sol de justicia , cuando me dirijo al trabajo en coche y se acerca el banco donde siempre está Estrella , me pongo alerta , espero que cada mañana esté allí ,la veo sentada , sudorosa , abanicándose .

Se que esa será la única parada que haga, para después emprender el camino al cementerio. Lo se y soy consciente , que ese día como otros tantos no variará su terrible rutina , me cruzo con ella cuando me detengo en un semáforo , la miro y su cara es la misma que hace muchos años , sus rasgos denotan tristeza y agotamiento .

Agita su abanico con brío, y se seca con un pañuelo su frente .Reposando en el banco, unas flores que ya ha adquirido cuando la florista abre cada mañana.

Espero que el semáforo no tarde mucho en ponerse en verde, porque aquella visión me crea angustia, pero parece que la luz verde se me resiste.

Estrella sigue allí con la mirada perdida, intentando sofocar el intenso calor que ya nos hace mella de buena mañana.

Por fin el semáforo ha cambiado de color y arranco el coche, miro por el retrovisor aún sin quererlo, y la veo que cansinamente se levanta y se dirige al camino que la llevara al cementerio...

Aquella visión me llena de dolor, y tristeza…

¡Tantas muertes inútiles en accidentes de coche!
¡Tantas madres que no logran superar la pérdida de los hijos muertos jóvenes!

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Me alejo, ya no la veo, seguro que ha torcido la calle, y sigo con mi marcha lenta hacia el trabajo.

Mañana seguro que la volveré a ver como cada día.


Angels Vinuesa

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