viernes, mayo 31, 2013


LOS CAYOS

Nunca  en mi larga y viajera vida, me he visto asombrada y deslumbrada por  casi ningún paraje, hasta que descubrí Playa Pilar  en los Cayos.
 
 

La hermosura de  ese mar  con  toda la gama de azules y verdes, desde el pasaje de madera al cual se  accede, es algo que quedará impregnado en mi retina por  siempre.

Las palmeras, llenas de cocos a su orilla, la fina y blanquísima  arena  blanca, y el agua  completamente  transparente y  templada, es una  experiencia  que nadie debería  dejar de contemplar.

Si existe una playa donde  perderse, esa es playa Pilar en los Cayos, describirla  sin temor  a dejarse cualquier detalle sería imperdonable, porque es tal su  belleza, que cualquier omisión seria una  grave equivocación.
 

El Caribe  baña su orilla, y deja al trasluz, los peces y los  grandes  escualos qué observan en la distancia, dejarse mecer por su suave oleaje, y observar el  agreste paisaje de los otros cayos  que como grandes hermanos acompañan  a este Cayo Guillermo.

Entrar  en los cayos, sobre un terraplén, construido encima del mar, y observado a ambos lados  como el agua te  acompaña es una experiencia inigualable. Kilómetros de distancia separa  el peaje  de  la entrada, que ha de ser costeada por los lugareños  en moneda no nacional ,y no por lo turistas , y te sumerge  en un laberinto de  carreteras ,que te  dirigen hacia playas como la de Pilar antes mencionada, trocitos de cielo inmersos en un paraíso  verde y salvaje.

Nunca pensé que los cayos  fueran tan inmensos en distancia, y tan bien acondicionados,  en referencia a la red  viaria de la isla, donde  no se  vislumbra ni un poste de  red eléctrica, habitual y constante en todas las  carretas de Cuba. Ni un bache, ni una falta de  asfalto, solo hermosas  autovías que te hacen fácil acceso a cualquier rincón de  ese entramado de  carreteras, con salidas a playas  de  ensueño.

Que fácil sería que el transporte fuese más fluido, que  existieran para los de aquí autobuses  rápidos, confortables que hiciesen la vida más fácil, y no una odisea el recorrerla. Los 1250 kilómetros  que marcan la distancia entre Oriente y Occidente, son en muchos casos insalvables, para los que han vivido aquí toda la vida.
 

Ver y recorrer los cayos, es una  experiencia de vida, que nadie debería perderse, porque aquí Dios dejo  un trozo de paraíso para que quien viniese pudiese  contemplarlo y maravillarse de su belleza.

Angels Vinuesa   

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