


Ahora la sabia, eran sus dedos que más le habían llamado la atención, unos dedos largos y huesudos, con las uñas redondeadas, del color de desierto. Recordaba ensimismada cuando él narraba la historia de su país, como esas manos se movían gracilmente, hasta elevarse al cielo. El movimiento rítmico a veces pausado que acompañaba a su voz metálica, con un español casi perfecto, estudiado en la universidad de Túnez.
Nunca fue su idea hacerse Guía turístico, ni siquiera estudiar el español, había sido la ultima opción que él puso en su petición en la Universidad, pero allí estaba, dedicando su vida a enseñar un país, el suyo, a extranjeros que venían con la idea equivocada que todo estaba en el gran saco.y una y otra vez sacaba de su cajón de la memoria la historia de los romanos, los bizantinos y los bereberes
Ella escuchaba embelesada a sus explicaciones, de cómo iba hilando la historia, de cómo saltaba los siglos y era tanta la emoción que ponía, que hacia trasladarse a los visitantes a épocas tardías, bañarse en las termas romana
s o decir púdicamente el espacio que los romanos dejaron para las mujeres publicas.
Era alto, muy alto y excesivamente delgado, sus pantalones quedaban holgados en su cintura, y vestía elegantemente, mas para una fiesta que para e hecho en si de ser un guía turístico, tenia un cabello negro azabache, peinado hacia atrás, y sus ojos eran de una gran profundidad. , muy negros, poblados con largas pestañas de tez morena
Parecía que se podía perder en ellos, eran misteriosos como el desierto, parecían guardar los secretos de los beréberes aunque había en ellos una rabia contenida, una intromisión de sus pensamientos. Su mirada era fija, aquellos ojos se clavaban en la retina, tanto que a veces ella tenia que desviar la mirada. Se vestía de forma europea,
Aunque ella siempre lo imaginaba con el turbante y la chilaba, le gustaba regodearse en sus pensamientos pícaros mientras él desgranaba la historia.
La cercanía y la lejanía, ella lo sentía en su piel, sentía cuando se acercaba y como le temblaban las piernas, como él se desprendía de ella, dejándola con el deseo de sentir más. Dos culturas, dos religiones, una ilusión. Deseaba que aquellos dedos de luz la tocasen que rozasen levemente su piel, piel morena, piel blanca, la suya casi lechosa
Pensaba reiteradamente en el movimiento de sus manos, en como se dirigía a ella dándole las explicaciones, en como todo desaparecía en una mirada.
No lo sintió al principio, fue cuando sus pies rozaron el desierto, la nada, miles de kilómetros de arena y dunas. Atardecía, el sol rojo se escondía por el horizonte un horizonte marcado por la línea lejana del desierto.
Él le explicaba antiguas leyendas del desierto, ella miraba el entorno, hundía sus pies en la arena rojiza, y caminaba sin sentido hacia un mar de la nada. Él la seguía seguro, muy cerca, muy lejos en el tiempo.
Caminaron lentamente, dejando que sus pies se hundieran en la arena. El se agachó, y con esos dedos hipnotizadores, cogió un puñado de arena minúscula, que fue resbalando entre sus dedos hasta caer desparramándose entre la inmensidad del desierto, perdiéndose y confundiéndose entre la demás arena. Ella miraba como la arena caía, reflejada por un sol que se ponía, como haces de luz brillante, dorados, que como un espejismo iba desapareciendo..
Se quedo fijada en aquella imagen bucólica, él la miro en una mirada de miles años, de miles kilómetros de distancia en el tiempo, y fue a decir algo, pero sus labios quedaron sellados, no dijo nada.
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