domingo, octubre 05, 2008

EL GUARNERI DE GESÚ







EL GUARNERI DE GESÚ
DE
MARTA MULERO VINUESA

Es fácil publicar un libro , o relativamente fácil , lo difícil viene después de la publicación, dependende mucho de quien lo lea , de como se distribuya, de la Editorial , del inteés que tenga tu editor , y de muchos factores.
Marta, mi hija, con 17 años escribió esta novela que hoy verá la luz en mi blog

Le deseo mucha suerte , yo solo haré de transcriptora de sus textos. Es una novela única, y nunca se ha leido por ningún lector. A ella le supuso un sobresaliente en su curso ...
Pero dejemosle paso ..

Habla Marta ...


Este trabajo representa para mí un duro reto personal. El hecho de redactar una novela se ha convertido en un anhelo prácticamente inalcanzable, pero realizable. El tema, la historia de un violonchelo a través de la apasionante aventura de una joven muchacha, no ha supuesto una difícil elección, ya que desde hacia ya bastante tiempo se hallaba entre mis proyectos, además, el violonchelo es mi vida y no me supone ningún problema trabajar en él, ya que en él empleo muchas horas, ya sea en el conservatorio o en casa.

Uno de los puntos más enriquecidos que llevé a cabo fue una entrevista con las maestras luthiers: las hermanas Soler. Me dirigí a Barcelona y, en su taller personal, mantuvimos una charla en la que descubrí la profesión de los luthiers y la construcción de los instrumentos; así como, la existencia de un violonchelo único en el mundo atribuido a Guarneri de Gesú, un luthier que construyó bellísimos instrumentos, valorados hoy a un alto precio. El título del trabajo es El Guarneri de Gesú; pues del mismo modo que cuando hablamos de un cuadro de Picasso lo llamamos “un picasso”, en este caso, como el instrumento es único en el mundo lo llamamos “El Guarneri de Gesú”, y no, “Un Guarneri de Gesú”.

CAPÍTULO I

Era una tarde lluviosa de invierno y opté por quedarme en casa para practicar unos pasajes de la obra que estaba trabajando. Decidí subir al desván, pues era el lugar con la mejor acústica de toda la casa. Además, el suave murmullo de la lluvia me acompañaba.

Preparé un atril y mi banqueta. Era muy antigua y de color rojo oscuro. Esa fue la primera vez que de veras me fijé en esa banqueta. Desde pequeña siempre la había usado para ensayar con el violonchelo. Permanecí atónita unos segundos y me dispuse a empezar. Comencé por la escala de do menor. Acto seguido toqué la pieza entera y me estanqué en cuatro endiablados compases . Paré enfurecida, respiré hondo y cogí mi metrónomo .

A tempo lento recomencé poco a poco a estudiarlos meticulosamente, tal como me había explicado el profesor. Al cabo de dos horas logré solucionarlos. Entonces una fuerza invadió mi sangre, fluyendo por mis venas, que me hizo sentir como en el escenario del Royal College de Londres , imaginé ser Jacqueline du Pré y me dispuse a hacer la mejor interpretación de mi vida de la Elegía de Faurée .

Cerré los ojos y toqué. Noté como los sentimientos se adueñaban de mí, ya no era capaz de controlarlos, no podía parar, los dedos iban solos y no me tenía que preocupar por nada, solo por cantar a través del chelo .

Puse toda mi alma en los cuatro malditos compases y cuando me di cuenta ya había terminado. Dos gotas de sudor resbalaron por mi frente y, entonces, decidí tomarme un respiro. Me levanté y empecé a rebuscar entre los enseres del desván. Nunca pude llegar a imaginar el cúmulo de antigüedades, alhajas, revistas... que había allí.
Encontré un baúl grandioso cuyo interior encubría unos vestidos exquisitos. Me probé uno y dancé. Me sentía princesa.

De repente, mi madre apareció por la escalera del desván. Al verla sonreí, me miró de arriba abajo y su rostro esbozó una extraña mueca. Automáticamente exigió que me lo quitara y que jamás volviera a ponerme ese vestido ni ninguno del arca.
Pregunté repetidamente el porqué de su reacción y ella siempre respondía lo mismo:

–Eres demasiado joven, algún día lo sabrás.


Pasaron los días y la incertidumbre seguía carcomiéndome.
Un sábado por la tarde salí con Sandra, mi mejor amiga, y le conté todo lo sucedido. Le picó la curiosidad y propuso ir a casa y averiguar el misterio que rodeaba a los vestidos.

Subimos a la buhardilla sigilosamente, pero las escaleras crujían a causa de su vejez. Mi madre me llamó y preguntó qué iba a hacer allí arriba. Sandra, que era muy hábil en inventar excusas, sugirió que íbamos a hablar de chicos y que arriba era el lugar más placentero para hacerlo; pues podíamos escuchar música. Seguidamente esbozó una sonrisa picarona a la que mi madre respondió con un gesto de conformidad.
Observé los ojos de Sandra. Reflejaban un interés casi desorbitado por resolver el enigma. Abrí el baúl de los vestidos y los revisamos uno a uno. En todos aparecía bordada una letra, la M.

Posteriormente, inspeccionamos meticulosamente cada rincón de la estancia. Hasta que topé con un pequeño cofre.
No sé por qué, pero me llamó la atención. Era de madera y en el anverso aparecía una placa de bronce en la que se leía: Marta.

Sandra musitó:
-Es como la M de los vestidos...


El misterio parecía que se iba a solventar en cuanto abriera ese diminuto cofre. Sabría quién era Marta y por qué mi madre me había prohibido saber de ella.
Intenté abrirlo pero estaba cerrado. Un candado sellaba mi respuesta.
Sandra y yo pasamos tres horas ansiando encontrar esa maldita llave, pero fue imposible. Así que desistimos.

Los días pasaron y olvidé el tema.

Seguía haciendo mi vida normal. Cada mañana iba a clase y me pasaba el día hablando de chicos con Sandra. Por las tardes iba a música.

Hacía poco tiempo que había ingresado en el conservatorio y conocía a muy poca gente. Aunque allí conocí a mi amor platónico, al que aún no he conseguido olvidar.
Cuando era pequeña, tuve una profesora que verdaderamente me hizo amar el violonchelo. La recuerdo perfectamente. Era alta, delgada y un poco ruda en la manera de arreglarse. Su pelo era muy largo y rizado, sus ojos grandes y su corazón rebosaba dulzura. Ella siempre creyó en mi talento y me llevó a la orquesta donde conocí a David, mi amor platónico; el mismo que años más tarde reencontraría en el conservatorio.

Tardé tres días enteros en ser capaz de dirigirle la palabra, pero lo logré.
Sumida en mis problemas amorosos abandoné el tema que realmente cambiaría mi vida: ese cofre.

Un día, al volver del conservatorio mamá me pidió que le ayudara a arreglar su armario. Asentí y nos dirigimos a su alcoba. Vaciamos la ingente cantidad de ropa que acumulaba y con paciencia la fuimos recolocando.

En muchas ocasiones, mantenía conversaciones agradables con mi madre ya que demostraba que realmente le preocupaban mis problemas amorosos. Además, nos reíamos un rato juntas.

Colgué un vestido que me recordó a los del gran arca del desván. Tenía un pequeño bolsillo en el interior. Lo palpé y había algo allí adentro.
Sabía que allí estaba la llave, pero no hice gesto alguno por no encontrarme una inesperada reacción de mi madre. Así que lo colgué con total naturalidad.

Al día siguiente al levantarme, no me encontraba muy bien y vomité, así que permanecí en casa toda la mañana. Después de dormir largo y tendido desperté y me dirigí, sin pensarlo dos veces, a la habitación de mi madre.

Abrí el ropero e introduje la mano en el diminuto bolsillo del vestido. ¡Ahí estaba! ¡La llave! Subí las escaleras jadeando y en un rincón del cuarto estaba el cofrecito. Abrí el candado. Mis ojos se habían iluminado. Anhelaban encontrar un tesoro, pero hallé unas cartas. Ocho escritos dirigidos a mamá.
Las leí detenidamente. No sabía quién las había redactado, pero me sentía identificada con la autora de las mismas.

La dama firmaba como Marta y explicaba la historia de su vida, un emocionante viaje por Europa con su violonchelo. Ignoraba quién era, pero quería ser como ella. Además de las ocho cartas había otra y esta la había escrito un hombre.
Era Charles Edward Smith , uno de los luthiers más prestigiosos del mundo. En esta carta expresaba un especial interés por el violonchelo de Marta. El instrumento destacaba por la calidad del material, su belleza y su sonido. Ofrecía una cifra muy modesta por la adquisición de este.

Estaba emocionadísima por lo que acababa de leer.

Eran las dos y media del mediodía y como las clases ya habían terminado, llamé a Sandra. En escasos minutos apareció por la puerta. Me trajo las tareas que debía hacer para el día siguiente. Subió apresuradamente al desván. Le mostré las cartas y las leyó con avidez. Sonrió y preguntó quién era Marta. Me malhumoraba no saberlo y era incapaz de entender el motivo por el que mi madre siempre me lo había ocultado.
Sandra se quedó a comer. Luego marchó a su habitual clase de inglés.
No osé preguntar nada a mi madre.

Por la noche no podía dormir. Me imaginaba viajando por el mundo con mi violonchelo.
Al día siguiente acudí a mi clase de violonchelo, le llevé el escrito del luthier a mi profesor. También estaba emocionado y me comentó que ya intentaría investigar el paradero del preciado instrumento.

Los días transcurrieron con total normalidad. Nunca encontraba el momento adecuado para hablar de Marta con mi madre.

Cada noche leía y releía las mismas cartas. Yo sentía el deseo de viajar, pero solo tenía dieciséis años.

Los meses transcurrieron hasta que llegó el día de mi cumpleaños.

Primero lo celebré con los amigos. Organizamos una fiesta descomunal en la que lo pasé de muerte.
Un día más tarde lo festejé con la familia. Me regalaron montones de ropa, joyas y demás. Entonces, después de tan bonita velada, sentí que había llegado el momento. Conduje a mi madre hacia el desván y le mostré la cajita. Un tanto enfurecida me recordó que tenía prohibido rebuscar entre esos baúles. Se pasó un buen rato intentando convencerme de que no tenía por qué saber nada aún, que era demasiado joven.

Pero yo sentí que el momento había llegado. Necesitaba oír que ella, Marta, era alguien especial, ya que sin conocerla, algo muy excepcional nos unía.

Con ojos llorosos y mirada firme, se dispuso a relatarme la historia de aquella mujer. Comenzó pronunciando:
-Noa, Marta fue tu...
Mi hermano pequeño irrumpió en la sala perturbando aquel instante.
-Mamá me encuentro mal –dijo–.
-Manuel, ve abajo que ahora mismo voy –respondió ella–.

Decidí desatender el tema para que mi hermano obtuviera su atención. Sabía que era pequeño y como tal, cuando no le hacían caso, provocaba situaciones para ser escuchado.

Llegaron las vacaciones de Navidad y la familia al completo realizó un viaje a Túnez .

Primero nos dirigimos a la Ciudad Condal, Barcelona, para ir al aeropuerto. Mi hermanito estaba muy emocionado, pues era la primera vez que viajaba en avión.

Yo estaba embelesada, nunca había viajado a un país árabe, no conocía la cultura, y tenía muy mal concepto de esta. Temía ser tratada con inferioridad por el hecho de ser mujer. Pero la idea de visitar un paisaje exótico y desconocido me inquietaba.

Mi hermano no nos permitió gozar de un vuelo tranquilo y agradable. No permanecía sereno en la butaca, no paraba de saltar y solicitar a la azafata. Al final se durmió. A mí no me preocupaba demasiado ya que iba escuchando música y observando el mar y, posteriormente, la linda silueta del continente africano. Transcurridas dos horas y media, aterrizamos. Bajé del avión feliz y cansada. Tardamos más de media hora en cruzar la frontera. El control de seguridad era descomunal. Debías redactar pequeños documentos, que si al salir del país no entregabas, te imposibilitaban el regreso.

Llegamos al hotel. Era hermosísimo. Construido a modo de casa troglodita , bajo el suelo, se extendía el gran número de habitaciones y estancias diversas. Al caer la noche nos dirigimos a una pequeña sala donde conocí a un chico. Su nombre era Mahrib, un berebere de profundos ojos azules y piel canela, con el que hablé y aprendí mucho sobre su cultura.

Los días en el excitante país transcurrieron apresuradamente. Pero la excursión que más recuerdo es la del desierto. Al bajar del coche miré al horizonte, tan sólo divisaba arena, un mar de polvo y grava me rodeaba. El ocaso alcanzó su punto más álgido dibujando las disparejas dunas, que en segundos se desvanecieron. Pocas horas antes de rayar el alba, me senté a contemplar la salida del sol. El frío se tornó calor, en el suelo apareció trazada mi sombra, y una vez más ya se podía percibir el infinito; inacabable, impermutable, inalcanzable.

Entonces un sentimiento se adueñó de mi ser, sentí que debía conocer, salir y ver más. Mi mundo se limitaba a mi pequeña ciudad, desconocía todo cuanto se hallaba fuera de esta. Entonces apareció mi madre. Se sentó a mi lado y sin que yo mediara palabra comenzó:

-Noa, Marta fue tu abuela. Nació y vivió hasta los diecisiete años en Barcelona. Amó el chelo desde temprana edad. Un día vio a un músico bohemio tocando en Las Ramblas con un viejo chelo y sentado en una piedra. Desde aquel momento cada día durante los dos años posteriores estuvo yendo a verle para aprender de él. Los padres de Marta gozaban de una buena situación económica y la niña recibió clases de violonchelo. Pero aquel bohemio la eclipsó. Cuando este hubo reunido la suficiente suma de dinero se marchó a otro país para seguir compartiendo música, experiencias y vida con otras personas y, sobre todo, para seguir conociendo.
El haber conocido al jovenzuelo le cambió la vida y se dedicó por completo a su instrumento, poniendo en él alma y corazón. Al morir su madre supo que su vida no estaba allí y determinó marcharse a conocer, como lo había hecho el chico bohemio. Estuvo en los países de los que has encontrado vestidos y cartas. Desde la última epístola no he vuelto a saber de ella y mi padre nunca me contó nada. Supongo que unos profundos celos le corroyeron porque ella, sin decírselo, siempre amó al bohemio y, aunque él nunca me lo confesó, al final la llegó a odiar de tanto que la amaba.


Imagino que es por esto que no sé más. Jamás te he relatado nada de ella porque siempre he supuesto que desertó de mí y esto me ha hecho sentir indefensa y vacía, sin el cariño de una madre.

Mamá finalizó el discurso y rompió a llorar. Yo no sabía qué decirle o cómo consolarla. Pero lo que más me desconcertó fue lo que sentí. Sabía que debía experimentar pena y dolor por ella, pero tenía más ganas de saber qué fue de Marta, por qué abandonó a mi madre, si realmente lo hizo. El silencio se adueñó de mí y solo osé abrazarla, mirando al infinito esbozado entre colinas arenosas.

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