
Budapest, 23 de abril de 1940
Estimada Familia,
Me hallo en Hungría y estoy conviviendo con una mujer, Isabel Petrov.
Ayer di a luz a una niña, siento que os enteréis de este modo, pero cuando regrese a España ya la conoceréis. Sigo realizando conciertos.
Mañana tocaré en la Basílica de San Esteban e interpretaré el Concierto para violonchelo en Do Mayor de Haydn .
La vida aquí es muy diferente que en casa pero es bello conocer mundo, culturas y países distintos al tuyo. La ciudad en que me alojo es un paraíso cultural donde residió Sissí emperatriz.
Mi vida ha cambiado y ante el violonchelo ha aparecido una nueva prioridad, mi hija. Me estoy planteando cambiar mi modo de vida, regresar a España y poder criar a mi hija.
Espero vuestra respuesta con impaciencia.
Con mucho cariño.
Me hallaba, una vez más, sola en tren cuyo destino era Budapest .
Me dirigía a casa de Isabel Petrov, quien conocía mi venida ya que respondí secretamente a su carta mencionando mi aventura. Esta vez estaba más inquieta que las anteriores ya que en Hungría encontraría los documentos que cerciorarían la singularidad del violonchelo y descubriría si la niñita que Marta dio a luz allí mismo era mi madre o una tía mía.
Durante el viaje en tren conocí a un grupo de estudiantes hindúes que realizaban un intercambio con alumnos húngaros.
Allí traté con un chico, Ajit Mishra con el que compartí toda la noche. Me relató la historia de su vida, sus padres le exigían casarse con una chica a la que no amaba, ya que en la cultura hindú este suceso era tradicional y, aunque se estaba perdiendo a causa de la extinción de las familias de tipo patriarcal, en su familia era un hecho muy enraizado.
Era un chico de piel oscura y rasgos marcados; sus ojos, ligeramente alargados, eran de color miel mientras que su mirada fija e inquietante, se clavaba en mis ojos viendo más allá de estos. De mediana estatura y con el pelo largo y negro, lucía una belleza exótica.
La atracción por un chico como él era inevitable.
Después de hablar durante horas nos dirigimos a una zona del tren que tenía el techo descubierto ya que alojaba un cargamento de cajas llenas de libros. Nos tumbamos y, mirando las estrellas, cogió mi mano y la comenzó a acariciar.
En ese momento nuestras miradas se cruzaron y, sin pensar en nada más, cerré los ojos. Nuestros labios se fundieron en un beso pasional. Entonces sentí que esa noche nunca terminaría porque era mía.
La luz de la luna se convertía en un reflejo plateado sobre nuestros cuerpos. El resto del mundo, todo lo que nos rodeaba, se había convertido en una niebla lejana, y solo existíamos nosotros.
Al cabo de unas horas, justo al rayar del alba, desperté abrazada a Ajim. Apresuradamente redacté una pequeña nota que dejé en su mano:
Esta noche ha despertado en mí pasiones irrefrenables jamás conocidas. Ahora ya eres parte de mí y nunca olvidaré recordar la historia de nuestra noche. Tú puedes cambiar tu destino, eres dueño de tu vida.
Conoce, busca y aprende...
Noa
Acto seguido me marché y al bajar en la estación de Budapest una parte de mi experimentó millones de sensaciones que me hacían sentir feliz, mientras que la otra vociferaba a gritos de conciencia el nombre de David.
Estaba sintiendo una enorme confusión que quedó arrinconada en mi memoria ya que ahora debía pensar en lo que me podía suceder en Hungría.
Me dirigí hacia la casa de Isabel Petrov y ,al llegar, una viejecita me abrió la puerta.
-¿Eres Noa?, te esperaba –pronunció.
-Sí –respondí.
Isabel me pareció una mujer muy dulce. Era de pequeña estatura y con la espalda encorvada, su pelo era cano y su tez, arrugada al paso de los años. Sus ojos azules revelaban una memoria llena de vivencias y recuerdos. Sus finos labios se entreabrían pausadamente musitando palabras en un vago español marcado por un acento húngaro.
Decidí no abrumarla el primer día así que la charla que debíamos tener se pospuso. Me pidió que le interpretara alguna obra con el violonchelo y accedí gustosamente.
Determiné tocar Suite nº1 de Bach. Las suites de Bach son obras de tal belleza y tal complejidad que se puede pasar toda la vida y nunca llegar al fondo.
Bach las compuso, probablemente, con dos objetivos: crear obras importantes y componerlas para que permitieran a los chelistas de entonces mejorar su técnica, ya que tenían un sentido didáctico.
Coloqué una silla en medio del salón y me senté. Tensé el arco y afine las cuerdas. Realicé una interpretación apasionada de la obra que hizo conmover a Isabel. Una vez hube terminado, ella pronunció unas palabras:
-¡Cómo te pareces a Marta!
Isabel quedó tan impresionada de mi actuación que decidió presentarme a sus camaradas para, así, poder realizar algún concierto. Al día siguiente por la mañana, después de desayunar nos sentamos a hablar, me narró la historia que vivió con Marta:
-
Un día paseando por las calles de Budapest, vi tocar a una muchacha.Cada vez conocía más a Marta, ahora comprendía su valentía y su fuerza pura. Pero aún necesitaba saber el nombre de la criatura.
Me detuve a escucharla y la música que emergía de su violonchelo era divina. Cuando terminó de tocar, alzó la vista y la fijó en mí.
Estuvimos hablando y, después de contarme su historia, le ofrecí mi casa. Al llegar, me mostró unos documentos sobre su instrumentos y me pidió que se los guardara en lugar seguro y así lo he hecho hasta hoy.
Vivió aquí hasta el año 1940 ya que dio a luz a un bebé. Recuerdo la noche en que ocurrió el milagro, estábamos cenando frente al fuego cuando comenzó a sentir unas fuertes punzadas en el vientre.
El parto fue precoz y no hubo tiempo para avisar a un doctor, así que yo realicé la función de partera. Tumbada en el suelo cubierto de toallas, gemía de dolor, yo intentaba calmarla aplicando toallitas húmedas sobra la frente para secar su sudor.
Ella sujetaba mi mano fuertemente mientras el bebé comenzaba a asomar su cabecita. El alumbramiento fue complejo y duró horas, pero cuando Marta sostuvo el milagro entre sus brazos, los ojos se le iluminaron de tal modo que parecía haber reunido la poca energía que le bastaba para ese instante y acto seguido quedó plácidamente dormida.
-Perdone, ¿recuerda usted el nombre del angelito?Permaneció pensativa unos instantes y respondió:
-Creo recordar que su nombre era Susana.
Mi boca se entreabrió y mis ojos permanecieron inmóviles, sin parpadear. Estaba asombrada de su respuesta y no podía creer lo escuchado. Mi madre se llamaba Susana, y no era hija del que creyó ser su padre sino de un chelista bohemio que dio la vida por Marta.
Después de la increíble historia del parto de mi abuela. Isabel me mostró unos manuscritos:
Este es el único violonchelo que se atribuye aGuarneri del Gesú, uno de los fabricantesitalianos más grandes de instrumentos,sobre todo del violín.
Giuseppe "del Gesú"Guarneri siguió los pasos de Stradivarius.
Este violonchelo es un instrumento singularen el mundo y construido en la última etapa dela vida del luthier, la que permanecióencarcelado y, aún con el material más rudo,construyó exquisitos instrumentos.
Su precio oscila sobre los dos millones de dólaresamericanos.
Le ruego señorita Marta Brunell cuide usted lomejor que pueda este tesoro.
Stephano Normandi
Quedé asombrada por el contenido de los documentos y se despertó en mí un deseo irrefrenable: ¡debía poseer ese instrumento!
El resto de la noche la pasamos explicándome, ella, historias de la experiencia de su vida con Marta. Además de los rasgos que ya conocía de mi abuela, con Isabel descubrí el gran sentido del humor que poseía.
Al cabo de dos días, realicé una interpretación en público de la Suite nº1 en Sol Mayor de Bach, gracias a los contactos de Isabel. Esa noche fue mi gran debut.
Asistieron al concierto importantes personalidades que creyeron ver en mí un talento emergente. Durante los días que residí en Hungría, realicé una decena de conciertos pudiendo reunir una ingente cantidad de dinero.
El día antes de partir, me dirigí al casco antiguo de la ciudad y visité una casa de las viejas sastrerías que allí había.
En una de estas, compré un vestido carmesí con tonos oscurecidos que se semejaba al que Marta lucía en el cuadro. Compré también unos zapatos finos y de exquisita elegancia que, junto a una pinza de pelo de plata, configuraban el perfecto atuendo para mis futuras actuaciones.
Cuando hube recogido todo y me dispuse a abandonar el país, Isabel y yo realizamos una última comida en la que prometí regresar algún día a visitarla. En pocas horas, me encontraba subida en un tren que viajaba destino Ucrania, Kiev.
Comentarios