


CAPÍTULO III
París, 26 de noviembre de 1937
Estimada Familia,
Me hallo en Francia, un país precioso. Me han convidado a tocar en el Palacio de Versalles donde esta noche me dispongo a interpretar la Suite nº3 en Do Mayor de Bach . Me alojo en la casa de un galán que conocí en el tren que me trajo hasta este lindo lugar. Su nombre es Emmanuel Pierrot y es pintor. Conoce muchas personalidades y gracias a él estoy realizando conciertos. Poco a poco voy adquiriendo fama y un poco de dinero. He visitado la Torre Eiffel , un precioso monumento de metal. También he visto Notre Damme donde tocaré pasado mañana la obra Pieces en Concert de Couperin . Lo que me está pasando es un regalo del cielo. He conocido gente especial como Marylin Forret y Francine Pairderon, dos violinistas con las que he tenido el gusto de tocar. Cuando regrese a España, algún día las conoceréis. Ahora estoy en París pero en escaso tiempo volveré a viajar allá donde me lleve el destino. Espero regresar algún día, pues añoro vuestro cariño.
Con muchísimo amor:
El viaje en autobús fue extenso y fatigoso pero estimulante. Llegamos a París el día 2 de septiembre a las diez de la noche. El autobús no paró muy lejos del albergue en el que iba a asentarme unas noches. Estaba espantada pero durante la marcha conocí a una joven.
Se llamaba Susanne e iba a alojarse con unos amigos en la misma posada que yo. Ella no procedía de España sino que provenía de un aldea francesa de la costa, La Rochelle . Di gracias a este último curso, que había estudiado francés en el colegio y me espabilaba bastante bien. Susanne me presentó a sus camaradas y esa noche lo pasé divinamente.
Cuando, en España organicé el viaje, investigué los nombre de Pierrot, Forret y Pairderon y me salían unas veinte casas que se ajustaban a los apellidos. El día posterior de mi arribada me encaminé hacia el centro de París con el violonchelo en mano. Con un mapa de la ciudad indagué casa por casa y, después de andar todo el día llegué a una casa donde ocurrió algo especial:
-Buenos días, mi nombre es Noa y vengo de España. Me gustaría saber si usted es Emmanuel Pierrot. Dispense la intrepidez y mi tono de voz pero llevo todo el día buscándole.En ese instante una luz iluminó mi gesto, le hubiera abrazado sino hubiese sido por su avanzada edad.
-Efectivamente, mi nombre es Emmanuel Pierrot, ¿en qué le puedo ayudar?
-¿Conoció usted a Marta Brunell? ¿Es usted pintor? ¿Qué sabe de Marta? ¿Y de su violonchelo?...
No podía parar de preguntar y preguntar. El afable señor me invitó a entrar en su vivienda y me ofreció un plato de comida mientras me relató la historia de su vida:
-Hace muchísimo tiempo, por el año 1937 conocí a una joven muchacha como tú, viajaba sola y con un violonchelo. Yo, por aquel entonces era joven y apuesto, no como ahora –esbozó una sonrisita–.
Comenzamos a platicar en el tren hasta llegar a París. Hablamos mucho, muchísimo. Era una moza culta, y ávida por vivir. Como no tenía donde alojarse le ofrecí una habitación en mi pequeño piso. Convivimos poco más de un año. En esa época era un pintor reconocido y trataba con muchas personalidades. La fui presentando a mis cofrades y un día tocó. Divina la música que emanaba de aquel instrumento.
Recuerdo el momento en que empezó a tocar, toda la sala enmudeció y, ella, en medio del escenario, en una silla y con los ojos cerrados, tocó. Esas notas descendían del cielo. ¡Cuánta belleza en aquel instante! –sus ojos se habían encandecido–.
A partir de entonces no le carecieron ofertas para tocar aquí, o allí. Tocó para nobles y burócratas en el Palacio de Versalles, en Notre Dame... su fama crecía pero ella no podía quedarse indiferente, necesitaba viajar. Cuando hubo obtenido la suficiente suma de dinero se marchó a Austria, y desde entonces no he vuelto a saber de ella.
Atesoro un cuadro que pinté donde se la ve a ella en medio de un escenario tocando. Te lo regalo Noa, espero que esto te haya servido.
Me emocioné tanto al oír la historia que no me pude contener, me abalancé sobre él y le abracé.
Contemplé el cuadro, era de pequeñas dimensiones pero se apreciaba bien su bello rostro de facciones suaves y mirada cansina, labios perfilados y rojos como el carmín más intenso, y el violonchelo parecía ser maravilloso.
Era la primera vez que vislumbraba a Marta y la imagen me conmovió, una pequeña damisela que se agrandaba en escena. Su cabello era largo, negro como el azabache y ondulado cual olas en el mar, su delgada figura se insinuaba bajo un vestido carmesí con tonalidades oscurecidas. Su colocación era perfecta, una espalda erguida y unos dedos magníficamente situados en la cuarta posición . Sentí una dulce semejanza a mí y entonces comprendí por qué el destino me había llevado hasta ella, de su experiencia aprendería y realmente lograría alcanzar conocerla.
Después de cenar regresé al albergue, me vestí con mis mejores galas y me dirigí a ver un concierto de la Orquesta Sinfónica de Francia en el que interpretaban el Concierto para dos violonchelos de Vivaldi . Una interpretación hermosa por parte de dos violonchelistas convidados al Museo del Louvre .
Al regresar hacia casa me detuve en una cabina y llamé a casa. Mi madre estaba apenada, llorando. Les expliqué que estaba bien, que pronto retornaría. Prometí llamar diariamente y así, se sosegaron.
Al día siguiente, cogí mi violonchelo y en el mismísimo barrio de Montmatre toqué. Estuve toda la mañana y toda la tarde recogí el suficiente dinero para acabar de pasar unos buenos días en Francia.
Ya estaba preparada para embarcarme en el siguiente viaje hacia Austria, tal como indicaba la siguiente carta.
Con mi violonchelo y mi maleta me subí a un nuevo autobús que me llevaría a Viena.
Había superado el miedo que en un principio me dominaba. Pero después de tan valiosa experiencia en Francia y el haber intimado con Susanne me dio confianza para seguir con el plan de conocer a Marta.
Ya sabía cómo tocaba y la extraordinaria persona que era, sabía que allí no encontraría el violonchelo, pues ella se había marchado a tocar a otro país. No sabía que me esperaría en Austria pero ansiaba saber más de Marta ya que había marcado con una huella vital a todos aquellos que la conocieron.
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