


Era noche cerrada cuando alcanzaron la embarcación, resultaba evidente que los cuarenta viajeros no cabían en el cayuco. Las tablas desvencijadas por la corrosión del mar, zozobraban peligrosamente antes de zarpar.
Habían recorrido un largo y angosto camino antes de llegar al punto de partida. Prolongado y costoso, ya que el pago que tuvieron que hacer era todo lo que tenían.
Se hicieron a la mar oscura en medio de la niebla. Llevaban a sus espaldas, el hambre, las luchas por conflictos bélicos que se prolongaban en un tiempo indefinido sin ninguna razón aparente, y sin embargo, y a pesar de todo ello, nunca dudaron en lanzarse a la aventura, cuyo fin fuese posiblemente la muerte.
Nada tenía que perder, porque ya lo habían perdido todo.
No comprendían como un país rico en reservas naturales, estuviera agonizando en tierras áridas y estériles. Que a pesar de concederles ayudas internacionales, siempre se extraviaran en recodos equivocados.
¿Qué podían esperar de un país que no era capaz de erradicar la picadura de un mosquito? Que no se veía capaz de frenar el avance del Sida.
Nadie en su sano juicio, invertiría en un capital humano cuyo final se encontraba en la treintena. Que su principal mano de obra eran niños en supuesta edad escolar. Donde la globalización era una palabra desconocida.
Y de esta forma, la hermosa África agonizaba, desterrando a sus habitantes en busca de algo mejor, aunque eso mejor sea una botella de agua y un bocadillo al llegar a la península, mientras que algunos deciden su destino de nuevo.
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El océano rugía desde sus entrañas haciendo que la endeble embarcación se balanceara a merced de las olas como una marioneta.
Pasaban las horas, la sed, y el hambre hacían mella en aquellos cuarenta náufragos de la vida. Pero era el miedo su peor enemigo: miedo a no alcanzar la costa, miedo de tocar la libertad con la mano y no llegar a acariciarla, miedo a descubrir que los sueños de la partida se convirtieran en cenizas.
El cayuco avanzaba lentamente hacia la costa, el frío de la noche impregnaba los ropajes, y resonaba en toda la embarcación el castañear de los dientes como una terrorífica melodía salvaje, en medio de la oscuridad helada.
Estaba claro que no llegarían todos a buen puerto. Los más débiles, los más frágiles perecerían en el camino. Y entonces deberían ir lanzando sus cuerpos inertes para que les abrazara el océano.
La noche...
El frío...
El miedo...
Pasaban las horas, y el océano no amainaba, solo de vez en cuando aligeraban el peso con los que iban expirando. La esperanza como mástil cada vez se alejaba más, y creyeron que quizás el rumbo de la embarcación se había volteado.
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De repente un ruido de sirena les despertó del sopor, solo quedaban diez de los cuarenta que salieran. Una fuerte luz iluminó sus oscuros rostros, y una voz resonó en los tímpanos.
No entendían nada de lo que decían, pero estaban seguros que esas voces eran su tabla de salvación.
Se miraron entre ellos, con los ojos asustados aún por la travesía y quedaron inmóviles. Esa sirena se acercaba y las voces cada vez eran más insistentes.
Nadie habló...
El silencio...
El miedo...
Después todo ocurrió muy rápido. Les remolcaron como a fardos hasta el puerto. Allí les desembarcaron dándoles mantas, agua y comida..
Pero mientras esto ocurría, en ese preciso segundo, como si fuera un doble espejo, a bastantes leguas de la costa, el mismo hecho estaba ocurriendo como un eco de nuevo..
Con otros hombres
Con otras esperanzas...
Era noche cerrada cuando alcanzaron la embarcación, resultaba evidente que los cuarenta viajeros no cabían en el cayuco. Las tablas desvencijadas por la corrosión del mar, zozobraban peligrosamente antes de zarpar.
Angels Vinuesa
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