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El torero jubilado




El matador de toros jubilado

Todas las mañanas voy a desayunar a un bar que esta cerca de mi casa. Es un bareto de barrio, con olor a frituras, y por donde pasan la más variopinta multitud de personajes.

A mí me gusta ir porque la dueña. Fina, es amiga mía. Y en ese ratito hablamos de lo humano, pero sobre todo de lo divino, enzarzándonos en conversaciones imposibles.

Es un parón en el quehacer diario, un momento de calma chicha como la que se tiene cuando vas al mar por la mañana muy temprano.

La televisión está a toda maquina, donde suenan canciones horteras, pero no me molesta.Los sonidos de las maquinas tragaperras actuan de sonido de fondo, y el hablar de todos los que se sientan en la barra para que Fina les diga alguna tontería.

Estando esta mañana con mi bocata de jamón y mi cortado, leyendo la prensa, se me acercó un hombre.

Era bajito y regordete, fumaba cigarrillos rubios, con todo el pelo peinado hacia atrás a la Rodolfo Valentino, y lucia unos grandes ojos azules, hundidos, ya por el paso del tiempo, y casi ocultos detrás de las grandes gafas de pasta.

-Usted es escritora ¿verdad?- me inquirió, sorprendiéndome y sacándome de la lectura.

-Sí – le respondí, pero sin el menor interés, ya que estaba afanada en las noticias del día.

-Yo soy matador de toros- me afirmó rotundamente.

Yo le miré desconcertada, ya que no podía imaginar a ese hombre inmerso en un traje de luces, dando capotes al toro.

A renglón seguido, y casi sin darme tiempo a recuperarme de la imagen que me estaba haciendo sobre aquel buen hombre siguió:

-Quiero pedirle un favor, que me escriba unas líneas.

Lo dijo como aquel que pide a un vendedor que le regale un piso de los que vende, de los que van a comprar a al frutería y le dice, regáleme un kilo de manzanas..

Que les escriba unas líneas ¿para qué? – dije yo en un tono un poco molesto.

-Pues mire – y diciendo esto se sentó tranquilamente en la mesa donde yo desayunaba, sin solicitar mi permiso tan siquiera.

-Yo tengo un sueño, que es vestirme de luces y torear a una vaquilla. Toda la vida he querido hacerlo, y nunca he tenido la oportunidad de realizarlo.

Yo le miraba embobada, intentando no imaginar lo del traje de luces.
E intenando discernir que relación tenia que yo fuese escritora con el sueño de este buen hombre .

-Quiero ir al Diario de Patricia- me dijo, suponiendo que yo conocería ese programa de televisión donde la gente va a contar sus penas,o a cumplir sus ilusiones dando como moneda de cambio la historia de sus vidas, madres que se reencuentran, hijas perdidas, hermanos que se fueron a América...

..Y como quiero ir al Diario de (antena 3) – aquí repitió el nombre del programa.-Pues quiero que usted me escriba una líneas, para que cuando me hagan la entrevista, no me deje nada en el tintero.Y me diga lo que sí he de decir y lo que no es correcto.

Yo no salía de mi asombro.

-Yo le explico mi vida, y usted la escribe...

Tan fácil, tan sencillo. Ese buen hombre pensaba que yo siendo escritora tenia la llave de su sueño.
Y esa llave era escribir.
Y su sueño se cumpliría de inmediato .

La verdad es que en ese momento, pensé que no lo haría. Pero aquí estoy explicando la historia, por si acaso alguien del programa lo lee. y le dan a esta jubilado de setenta años, esa última oportunidad de vestirse con el traje de luces y salir a los toriles con alguna vaquilla.

Solo pido que la vaquilla, sea eso, y no un astado de quinientos kilos.

¡Va por él!
¡Y porque se cumpla su sueño!

Angels Vinuesa

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