lunes, marzo 25, 2013


DEL BLOG  CESÓ TODO Y  DÉJEME










Es cierto que  cada vez  holgazaneamos más  al escribir, hacia  tiempo que  este tema  me interesaba, y hoy junto a una taza de  café con leche, he leído este maravilloso artículo que  transcribo..


¡Me ha  encantado!
Os  dejo que  disfruteís...






Vale que escribamos más rápido si utilizamos un boli que si utilizamos un bolígrafo. Concedamos que cuesta menos ir al cine que ir al cinematógrafo. Aceptemos que llegamos antes si montamos en moto o en bici que si lo hacemos en bicicleta o motocicleta. Que se hace antes una foto que una fotografía. Que se oye antes una radio que un radiorreceptor. No lo digo yo. Lo dicen los gramáticos de la RAE. Le llaman apócope o acortamiento y ahora se puede decir sin temor a errar que lo enseñan (o lo enseñaban) en el cole, vocablo recogido ya en el próximo diccionario. A esto se le llamaba antes “ley del mínimo esfuerzo” y luego el lingüista André Martinet difundió la más eufemística acuñación de “principio de economía lingüística”, que es una manera fina de legitimar la holgazanería verbal.




La cosa tiene su miga, no se crean. El experto fonetista Philip Lieberman concluyó que un hablante inglés que pronuncia la [u] de la palabra two, abocina los labios 100 milisegundos antes de empezar a pronunciar la vocal. Según Belinchón, Rivière e Igoa, se sabe que la articulación del habla oral implica la movilización y coordinación de cerca de 100 músculos distintos. Como consecuencia de tamaño esfuerzo, el hablante tiende a una indolencia instintiva basada en la mayor productividad con el menor coste posible, algo así como la reforma laboral de Rajoy pero aplicada a la lengua.



Pues eso, que no es pereza, que es economía verbal y energética, no vaya ser que nos herniemos. Ahora bien, tampoco nos pasemos. Porque hoy día vamos al cole a aprender con los profes las Mates, las Socis, las Natus y el Caste y luego vamos al insti donde nos las enseñan de verdad, y después quizás vayamos a la uni pero allí nos hacemos rastas y en lugar de estudiar nos vamos a la mani para protestar ¡contra los recortes!, muy progres, excepto las niñas bien que se emperifollan (y otras cosas con aféresis) y van a la pelu con sus amigas la Mari, la Tere, la Trini y la Fulgen y se ponen minis para echarse un cari que la suba en su moto y así poder presumir delante de las compis. Y alguna sueña con ser actriz y salir en la tele pero la engañan porque el casting era para una peli porno y entonces se frustra y le entra la depre y toma pastis que la dejan grogui. Las amigas la animan y se la llevan de vacas a Barna (esto sería una síncopa) y bailan en las discos de moda y del calor le da un yuyu, se la llevan al hospi, le hacen un electro, todo perfect, y cuando abre los ojos, ahí está la ilu de su vida, con su bata blanca. Amor a primera vista. Se casan, tienen hijos, éstos crecen y primero van a la guarde y luego al cole y después al insti donde el profe de Caste enseña tonterías como las apócopes.



No se trata de fomentar el apocalíptico panorama que algunos vaticinan para la lengua, debido a su evidente empobrecimiento. Las lenguas siempre han resistido los usos incorrectos de los hablantes y el apócope, como otros mecanismos morfológicos que van contra la norma, no va a afectar a la estructura esencial del idioma. Entre otras cosas, porque el hablante es consciente de que el mecanismo del que se vale no es normativo y sabe corregirlo cuando el contexto se lo exige. Pero sí resulta sintomático comprobar cómo las tendencias lingüísticas de los hablantes, descuidadas y perezosas, son un reflejo de la cada vez más acuciante desidia por todo aquello que suponga un esfuerzo añadido. El otro día, en el tren, un viajero hablaba por teléfono a voces y repetía continuamente: “¡Qué malro!” Cuando descubrí que quería decir “qué mal rollo”, tuve que girarme para observarle la cara, como intentando escrutar, al modo de aquellos frenólogos del siglo XIX, la tara fisonómica causante de tal desafuero lingüístico. Aproveché para reprocharle el volumen de la voz. Seguidamente, bajó el tono y escuché que le decía a su interlocutor telefónico: “Nada, que me ha mandado callar un carca”. Beatriz Pastor  y Fernando Parra     http://cesotodoydejemefb.blogspot.com.es/

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