


Si existen unos turistas que son de mi predilección, estos son los orientales. Siempre he admirado su disciplina, su unanimidad, y sus silencios.
Nosotros, los turistas españoles somos en general escandalosos, desordenados, festivos, aunque no tengamos casi nada que celebrar. Hablamos en un tono alto, fuerte, y todos se enteran que somos eso ¡españoles!
Estando el otro día en un aeropuerto de algún lugar de España, me encontré de repente rodeada de un grupo de orientales, que con sus gorritos y sus maletas hacían cola para embarcar. Eran al menos cuarenta.
En un momento determinado la guía, otra oriental también, les hizo la señal que embarcasen en otra de las ventanillas que existen para ese menester. Y allí fueron todos.. Como una ola, pero ordenados, sin rechistar, haciendo cola uno detrás de otro.
Me llamó la atención sobre todo su bajo tono de voz que utilizaban, casi un susurro..
Yo pensé que aquí se acabaría todo, y que mi admiración por la tierra de Chian, quedaría en la sala del aeropuerto, pero cual fue mi sorpresa cuando de repente, y ya al entregar la tarjeta de embarque, vi que todos me seguían como hormigas
. Subimos al avión, y una que anda ya con la vista cansada, y que no se pone las gafas por pura coquetería, al ver el número de asiento confundió el 6 con el 9.
¡Que le vamos a hacer!
Por lo que cuando ya estaba acomodada, con el cinturón abrochado y dispuesta a volar, vinieron los orientales, y todos empezaron a hablarme a la vez. Evidentemente yo no entendía su lengua. Me acorde de Babel y la que armaron.
Me decían que aquel no era mi asiento, pero yo no les comprendía. Hasta que uno de ellos, la verdad es que todos me parecían iguales, me enseñó su tarjeta y me hizo caer en la cuenta que era yo la equivocada.
¡Acabáramos!
Cabizbaja, me arrellané en el asiento que si, me correspondía, aunque seguía rodeada por todos los costados de asiáticos, pareciendo estar en la China Imperial.
Cuando ya despegó el avión me deje ir en los brazos de Morfeo, quedando completamente frita.
Cual fue mi sorpresa, cuando el avión aterrizaba una oriental, pequeñita, con manos ínfimas, y con un gorrito que estaba sentada a mi lado me despertó dulcemente, sin aspavientos, y me enseñó su mano con los dos caramelos que había cogido para mí, mientras yo dormía, y que la azafata le había dado..
¡Estaba alucinada!.
Los recogí y hasta le sonreí en un acto de pura humildad, impregnada ya del espíritu de Confucio..
Ya aterrizaba el avión y yo había ingerido los dos caramelos ante la atenta mirada rasgada de mi compañera de asiento, en esas ocasiones:
...Todo el mundo se desabrocha el cinturón, aunque digan que no de debe hacer antes de tiempo.
...Se levantan impacientes, aunque te digan por los altavoces que hay que permanecer sentado.
Pero yo, al ver que todos los orientales que me rodeaban permanecían quietos. Hice igual que ellos.
Todos estábamos imbuidos por la sabiduría oriental. El yin yan se apoderó del avión.
Desde luego después del detalle de los caramelos, cualquiera se pasaba un pelo.
La tónica se extendió como una ola en todo el avión. Y ya nadie intentaba salir de otra forma que la que ellos nos habían impuesto, con su silencio con su orden.
Esta seria pues, la única vez en mi vida, que la salida del avión se hizo de forma ordenada, uno detrás de otro, y sin tan siquiera ocurrírsele a nadie colarse. Hasta las azafatas estaba alucinadas con tanto silencio y tanto orden, de tal forma que el comandante salió haber que había ocurrido, si es que ya no había pasajeros y lo que había transportado eran las almas del mas allá. .
Hay que ver lo que se puede conseguir sin elevar ni un ápice la voz
No es la fuerza bruta la que mueve montañas, sino la fuerza del espíritu..
Confucio
Angels Vinuesa
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