EL FANTASMA DE DULCINEA DEL
TOBOSO
-¡Había sufrido un encantamiento!
Ahora estaba completamente
convencido de ello. Sus pensamientos después de unas horas se había recolocado,
y empezaba a salir de esa sensación de atontamiento que sintió durante el día
anterior.
Nunca supo el porqué de su
atracción por la Lagunas. Las visitaba desde pequeño, y volvía una y otra vez
durante años. Era como una relación extraña que le hacía enfadarse sin motivo
cuando el nivel de las aguas bajaba. Se preguntaba entonces el porqué ocurría,
temiendo en todo caso que llegase un día en el que las aguas trazaran otro
rumbo y se desviaran hacia otro lugar.
No existía razón lógica para
pensar que ello ocurriese, pues, si bien, no se sabía a ciencia cierta de donde
provenían las aguas remansadas que habían producido aquellas lagunas, tampoco
sé sabía por dónde venía el cauce, ni cuál era su origen, así que, de alguna
forma caprichosa, podrían enamorase de otros paisajes y entonces dejar ese
lugar seco.
Tampoco existía razón lógica para
pensar que aquellos ojos de la mujer desconocida se fijaran en su retina como
adentrándose en sus pensamientos. Ella, la mujer desconocida, no tenía porque
saber, ni conocer esos pensamientos íntimos, ni cual era la relación que le
unía a esas Lagunas. Pero lo cierto es que los ojos de la mujer desconocida le
cautivaban, le subyugaban y le hacían perder los papeles.
Era una mirada transparente, como
las aguas de la la laguna, pero al mismo tiempo, era una mirada inquietante,
que le hacía disparar el corazón de una forma absurda e irracional.
Pasearon de una a otra, y cada
vez que la mujer desconocida, azuzaba su cabello, esbozaba una sonrisa, o
simplemente se sentaba junto al cauce mirando fijamente el agua, le hacía
estremecer.
Sentía entonces, la necesidad de
acercarse, y oler aquel extraño perfume que no se percibía en la distancia. Era
una mezcla de almizcle e incienso, y al olerlo, tenía irremediablemente que
acercase más, y besarla. Era como un acto impulsivo que no dejaba otra opción.
Como si fuese eso lo que tenía que hacer.
¿Cómo le podía estar pasando esto
a él?
¡No era posible!, Se decía. Pero la mirada de la mujer desconocida, el calor que desprendía, y ese olor extraño le estaba empezando a embotar los pensamientos.
¡No era posible!, Se decía. Pero la mirada de la mujer desconocida, el calor que desprendía, y ese olor extraño le estaba empezando a embotar los pensamientos.
No le dejaba pensar con claridad,
y solo sentía el deseo de estar a su lado, muy cerca de ella sin dejar de
tocarla como si ella tuviese una especie de imán irresistible para cualquier
mente humana.
Era como un torbellino, una
vorágine mágica de una fuerza insospechada para él, que le hacía tener
reacciones no conocidas, aunque esas sensaciones le gustaran y se recreara en
ellas.
El tiempo parecía haberse
detenido, y las horas se sucedían sin percibirlas. El coche corría por las
carreteras, como un fantasma, mientras que ella, la mujer desconocida no cesaba
de hablar embriagándole con sus palabras.
Su voz era una mezcla de ternura
y tristeza, y sus palabras entrelazadas con habilidad hacían que el contexto se
hiciese cada vez más mágico y especial.
No entendía que le estaba ocurriendo,
su mente había dejado de pensar coherentemente, y ahora se dejaba llevar por
las sensaciones que sentía. Eran sensaciones intensas, llenas de sensualidad
que ella, la mujer desconocida desprendía, y la envolvía como en un halo de
color azul turquesa…
..Las cuatro de la tarde serian
cuando el sol, entre nubes cubierto, con luz escasa y templados rayos, dio
lugar a Don quijote, para que, sin calor y pesadumbre, contase a sus dos
clarísimos oyentes, lo que en la cueva de Montesinos había visto…
El coche se encaminó directamente
a la Cueva de Montesinos, y llegando a ese lugar, ella, la mujer desconocida se
dirigió directamente a su entrada. Parecía caminar grácil entre los olivos y
las piedras del camino como embrujada y atraída a la entrada de esa cueva.
..Vi que venía hacia mí un
venerable anciano, vestido con un capuz de bayeta morada, que por el suelo le
arrastraba…
Recordé en ese momento la lectura
del Quijote de la Mancha, y el capítulo en el que hablaba de esa cueva, de
Montesinos y del encantamiento que sufriera, junto a Guadiana su escudero, y la
dueña de Ruidera, sus siete hijas y dos sobrinas por el Mago Merlín.
No comprendía por qué pensaba en
esa lectura en aquellos momentos. No existía razón lógica para ello, y sin
embargo se le presentaba como si Cervantes lo estuviese escribiendo en ese
instante y al mismo tiempo, y en el mismo lugar en el espacio, como si Don
Quijote le explicara a Sancho Panza su entrada en Montesinos.
¿Cómo sería posible, ese enlace
de pensamientos extraños?
..Y aunque pasan de quinientos,
no se ha muerto ninguno de nosotros, solamente faltan Ruidera, y sus hijas, y
sus sobrinas, las cuales llorando, por compasión que debió tener Merlín de
ellas, las convirtió en otras tantas lagunas, que ahora en el mundo de los vivos,
en la provincia de la Mancha, las llaman lagunas de Ruidera…
La mujer desconocida, se encaminó
a la entrada de la cueva, la seguía de cerca y hasta le di la mano para que no
se cayera.
Bajamos a la cueva y entonces
escuchamos voces…
¡No había nadie! Sola aquella
mujer desconocida y yo mismo. Las voces se oían cercanas, pero provenían del
interior de aquella cueva.
La mujer desconocida se descalzó,
y comenzó a adentrarse. No hubo forma de explicarle que podía ser peligroso,
pues existía como una fuerza que la impulsaba, sin que nada la pudiese detener.
El aire estaba denso, casi
costaba respirar, yo la seguía de cerca, intentando ayudarla en vano. Ella
parecía conocer el lugar como si hubiese estado allí, pero en un lapso
indeterminado tiempo.
Este hecho me parecía prodigioso, ya que se suponía que aquella mujer no había visitado aquel recóndito escondite, donde no había casi luz, o al menos en el mundo de los vivos. Solo ese pensamiento me hacia erizar los cabellos.
Este hecho me parecía prodigioso, ya que se suponía que aquella mujer no había visitado aquel recóndito escondite, donde no había casi luz, o al menos en el mundo de los vivos. Solo ese pensamiento me hacia erizar los cabellos.
En un momento se detuvo y escuchó
muy atenta... Como si las voces le fueran conocidas.
-¡Son los fantasmas del Quijote y
Montesinos! – dijo con una media sonrisa irónica y con la naturalidad más
absoluta.
Yo quedé atónito ante esta
afirmación.
Las voces siguieron oyéndose cada
vez más profundas…
..Las llaman las lagunas de
Ruidera; las siete son de los Reyes de España, y las dos sobrinas de una orden
santísima, que se llama San Juan. Guadiana, vuestro escudero... fue convertido
en un río, llamado de su mismo nombre; el cual cuando llegó a la superficie de
la tierra, y vio el sol del otro cielo, fue tanto el pesar que sintió al ver
que os dejaba, que se sumergió en las entrañas de la tierra…
Estaba completamente fascinado
con lo que estaba viviendo, las sensaciones revoloteaban intensas, pasando del
calor al frío más intenso. La mujer se había sentado en el suelo, las piernas
cruzadas y la mirada atenta. La observaba en la media luz, su perfil, sus
labios bien perfilados, su cabello recogido.
No lo podía creer, yo también escuchaba las voces. Era un hecho insólito. Esto no podía estar ocurriendo en el siglo XXI.
No lo podía creer, yo también escuchaba las voces. Era un hecho insólito. Esto no podía estar ocurriendo en el siglo XXI.
-¡Calla y escucha!- dijo la mujer
desconocida como leyéndole el pensamiento, con una infinita ternura.
En ese momento la cueva se
iluminó de forma extraña, y lo que vieron mis ojos fue realmente un hecho que
no cabía en ninguna forma humana y que me sobrecogió el alma.
..oyeronse en esto grandes
alaridos y llantos, acompañados de profundos gemidos y angustiados sollozos;
Volví la cabeza y vi por las paredes de cristal que por otra sala pasaba una
procesión de dos hileras de hermosísimas doncellas, todas vestidas de luto, con
turbantes blancos sobre las cabezas… venía una señora, asimismo vestida de
negro, con tocas largas tan tendidas que besaban la tierra. Su turbante era
mayor dos veces... traía en las manos un lienzo delgado, y entre el un corazón
de carne momia…

Los estaba viendo, veía esas
figuras semitransparentes que pasaban delante de mis ojos. Por más que me
frotaba los ojos aquellos fantasmas estaban allí, y desfilaban delante de mí.
Era real, no estaba soñando.
-Esos son los sirvientes -, dijo
la mujer desconocida con la mayor naturalidad de lo que estábamos viendo, como
si fuese del todo normal ver esa procesión de momias.
-También están encantados, y cuatro días a la semana hacen esta procesión, cantan y lloran. Y la que vistes, la señora del turbante que llevaba el corazón era Belerma que lloraba por su amante.
-También están encantados, y cuatro días a la semana hacen esta procesión, cantan y lloran. Y la que vistes, la señora del turbante que llevaba el corazón era Belerma que lloraba por su amante.
-Pero, no es tan bella como vos
Dulcinea del Toboso – aquellas palabras salieron de mi boca de forma
inconsciente. No podía dar crédito, estaba viendo fantasmas que paseaban por la
cueva, y ahora ella me parecía Dulcinea. Realmente estaba encantado, embrujado
por que aquella mujer.
Ella me miró con aquella mirada
tierna y sonrió con la más maravillosa de las sonrisas. Después se acercó y me
besó en los labios.
Simplemente dijo: ¡Vámonos!
.. Y como no estás experimentado
en las cosas del mundo, todas las cosas que tiene alguna dificultad te parecen
imposibles; pero andará el tiempo... Y yo te contaré cosas de las que allá
abajo he visto, que te harán creer las que aquí te he contado, cuya verdad no
admite réplica ni disputa.
Entonces supe que aquella tarde,
en aquella cueva estuve con el fantasma de Dulcinea del Toboso, y sentí en mi
locura, en el lugar más recóndito de mi alma como aquel caballero andante de la
larga figura la había amado.
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